Perro semihundido: Francisco de Goya

Perro semihundido
Francisco de Goya, Perro semihundido, 1820 – 1823. Técnica mixta, sobre revestimiento mural trasladado a lienzo, 131 x 79 cm. Museo del Prado.

La primera vez que vi este cuadro en el Museo del Prado, no sólo me sobrecogió, sino que me descubrió la experiencia única de sentir la belleza sin cuestionarme absolutamente nada sobre la intencionalidad, la técnica o el momento histórico y personal del autor cuando fue pintado. El cuadro se presentó a mí como un poema pintado –ut pictura poeieisis- que sin palabras decía todo sobre la vida y la muerte con sólo la mirada de este perro semihundido.

Obra premonitoria y anticipadora de tantos movimientos pictóricos posteriores y actuales, es considerada por historiadores del arte, críticos y artistas como una obra capital de la historia de la pintura de todos los tiempos.

En la referencia que se hace del cuadro en la WEB del Museo del Prado, encontramos lo siguiente:

<<El conjunto de catorce escenas al que pertenece esta obra se ha popularizado con el título de Pinturas Negras por el uso que en ellas se hizo de pigmentos oscuros y negros y, asimismo, por lo sombrío de los temas. Decoraron dos habitaciones, en las plantas baja y alta, de la conocida como Quinta del Sordo, casa de campo a las afueras de Madrid, junto al río Manzanares, conocida por ese nombre antes de su adquisición por Goya en 1819. Se conocen fotos del conjunto in situ, realizadas hacia 1873 por el fotógrafo francés Jean Laurent (1816-1886), y se incluyeron por primera vez en el catálogo del Museo del Prado de 1900. La casa fue derribada hacia 1909. Las Pinturas Negras se pintaron directamente sobre la pared seca, no al fresco, y en la mezcla de los pigmentos se utilizó el óleo. Con anterioridad, en algunos de los paños de los muros, en ambos pisos, hubo otras escenas de difícil interpretación, posiblemente paisajes de colorido claro con pequeñas figuras, puestas de manifiesto por las imágenes radiográficas tomadas en el Museo del Prado en 1983.

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Esta escena se tituló “Un perro”, en el inventario de las obras en propiedad del hijo de Goya, redactado en fecha indeterminada, a mediados del siglo XIX, por el pintor Antonio Brugada (1804-1863), que regresó a Madrid en 1832 del exilio en Burdeos. Se describió, y en este caso se ilustró, por primera vez, junto con el resto de las escenas, en la monografía de Charles Yriarte sobre el artista, de 1867, con el título de “Un perro luchando contra la corriente”. Decoraba una de las paredes laterales en la sala de la planta alta de la Quinta del Sordo, junto con una escena titulada “Dos brujas”, atribuida por Yriarte a Javier Goya, adquirida más adelante por el marqués de Salamanca y en la actualidad, no localizada. No la describe P. L. Imbert en su libro Espagne. Splendeurs et misères. Voyages artistique et pittoresque, de 1876, que visitó la Quinta en 1873, antes de su adquisición por el barón Émile d´Erlanger. En el catálogo del Prado de 1900, se le dio el título de “Perro semihundido”>>.

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Fotografía realizada por J. Laurent, hacia 1874, que muestra el estado de la obra antes de ser trasladada del muro de la Quinta del Sordo. Se puede observar un roquedal y unas posibles aves, a las que el perro dirige su mirada.

 

La colección de pinturas conocida como las “Pinturas Negras” de Goya son extremadamente expresivas; Goya nos transporta con estas obras a un universo de lo extraño, más allá de lo racional, a un mundo de brujas, de magia, de mitos…; La factura de esta colección de “pinturas negras” es brillantísima, audaz, absolutamente nuevas, y no siempre el significado de las obras nos ha llegado plenamente. Goya, sabemos que fue un hombre enigmático, fue siempre crítico con la historia y la sociedad que le tocó vivir, es por esta actitud personal y artística, por lo que se cree y así apuntan  los historiadores del arte, que la colección de la “Quinta del Sordo”, tenía una idea de conjunto, pero esta idea tan asumida, no ha llegado plenamente a la conciencia artística; Obras como el “Aquelarre”, o “Saturno devorando a sus hijos” poseen un carácter explícito que no poseen otras de la misma colección, y es el “Perro semihundido” un ejemplo de ello que son absolutamente enigmáticas, con significado desconocido para nosotros.

Considerada como una de las obras más elegantes de su conjunto, el resto de las obras pueden considerarse bellas dentro de la frialdad que transmiten, la cabeza de este perro es especialmente brillantísima, de una impecable elegancia, si se permite este término para caracterizar una pintura o un detalle de ella. Pero ¿Qué significa la cabeza de este perro asomado a un acantilado o semihundido, enterrado en la arena? No se sabe, pero qué más da, quizá no todo en arte debe ser explicable. El historiador del arte Ernst H. Gombrich, nos dice que Goya creaba, quizá, simplemente imágenes como haciendo poemas.

Desde la perspectiva actual, este cuadro si nos presenta un abanico inmenso de consideraciones teóricas como motor de las tendencias y creaciones estéticas que han surgido después de Goya. La sabia ambigüedad de este cuadro de Goya, nos lleva a múltiples consideraciones sobre su influencia en las creatividades pictóricas que le suceden. Así, podría considerarse como el primer cuadro “Simbolista”, antes de ser creado este movimiento a finales del siglo XIX. Este cuadro de Goya, ilustra completamente todos los conceptos del simbolismo pictórico y poético. Como ejemplo, basta poner de manifiesto la enorme influencia de Goya en Odilon Redon (1840–1916), (quizá el más puro de los simbolistas representa lo mágico, lo visionario y lo fabuloso. ver en este blog). Su influencia como decimos es muy concreta; el gusto común de ambos por lo extraordinario une de manera casi explícita la obra de Odilon Redon a la obra de Goya. Un ejemplo nítido puede considerarse “El ojo como un globo extraño se dirige hacia el infinito”, metáfora dedicada a Edgar Allan Poe.

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Odilon Redon; El ojo como un globo extraño se dirige hacia el infinito”, metáfora dedicada a Edgar Allan Poe.

Otra de las múltiples lecturas que puede tener este cuadro es la de su composición; puede considerarse -basta hacer abstracción de la cabeza- una composición típicamente tapiana.

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Incluso podemos ver también  los paisajes brumosos, atmosféricos y misteriosos de Turner.

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J.M.W. Turner, 1840. Puesta de sol sobre un lago. 107x138cm. Tate Collection, Londres.

En cualquier caso, y dejando de un lado las variadas interpretaciones que podemos hacer de esta obra, cabe decir que se trata de un cuadro para soñar, y ocurre con él como con las manchas en los muros viejos, o las formaciones de nubes, donde uno puede ver en cada momento una nueva imagen, puede sentir una nueva sensación estética, una nueva fantasía. Se han hecho innumerables homenajes pictóricos a este cuadro, desde el descrito anteriormente de Odilon Redon, pasando por Bacon, Saura y una pléyade de aristas que reconocen en esta obra un icono de la creatividad más absoluta e indispensable para entender el arte moderno y contemporáneo. En definitiva una obra maestra.

 

 

Mariano Fortuny: Los hijos del pintor en el salón japonés.

 

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Los hijos del pintor en el salón japonés, 1874. Óleo sobre lienzo, 44 x 93 cm. Museo del Prado.

A pesar de quedar inconcluso por la repentina muerte del pintor, este cuadro es una de las grandes obras absolutas del arte de Fortuny y expresión máxima de las cotas de audaz modernidad pictórica que alcanzó este maestro en su madurez plena.

Los dos niños que aparecen en el lienzo son sus propios hijos, María Luisa y Mariano. Descansan sobre un largo diván del salón japonés de Villa Arata, residencia veraniega del matrimonio Fortuny en Portici, en una estancia de lisos muros, decorados tan sólo con la rama de un árbol en flor con mariposas. El pequeño Mariano, que contaba entonces tres años, está desnudo, lleva una careta en la cabeza y se cubre con una manta de raso, y María Luisa está tendida sobre grandes almohadones, dándose aire con una abanico.

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Fortuny comenzó a pintar este cuadro durante su última estancia estival en Portici con la intención de regalárselo a su suegro, el gran maestro Federico de Madrazo. Era por tanto una obra íntima y familiar que iba dirigida de pintor a pintor, lo que explica la esencia exquisita de su calidad como pura pintura en la que Fortuny se expresa con absoluta libertad. El lienzo pone de manifiesto la decisiva influencia que la estética japonesa tuvo en la última madurez de Fortuny. En efecto, el juego de las líneas horizontales y verticales en una composición de gran elegancia por su formato marcadamente apaisado, los diferentes planos lisos de color de los muros y suelo de la estancia y la inclusión de elementos decorativos, como las mariposas y el abanico, testimonian la huella de la estética japonesa en Fortuny, que muestra aquí su soberbio sentido del grafismo en la zona izquierda, de una extraordinaria desenvoltura del pincel, consiguiendo calidades plásticas de una modernidad asombrosa en el muro del fondo, que contrastan con el volumen apurado y preciso con que están modeladas las figuras de los niños, menudas y frágiles, que quedan totalmente envueltas en el despliegue pictórico de su entorno escenográfico.

Texto extractado de Barón, J.: El siglo XIX en el Prado. Museo del Prado, 2007, pp. 308-309.

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Detalle(3). Junto a la técnica preciosista y en gran medida impresionista que caracteriza las obras de Fortuny, llama la atención la atrevida composición de la pintura. En la pared del salón utiliza de nuevo un fondo claro e indeterminado, al igual que en las tapias encaladas de sus obras marroquíes, para centrar y dirigir la atención del espectador sobre los personajes y objetos que le interesan al pintor. Pero hay algo más en esta pintura que podría llevarnos incluso al propio Velázquez. Además del valor intrínseco que siempre obtiene de los fondos neutros, el carácter apaisado del lienzo y la estrecha franja en la que se disponen los personajes —el niño sentado hacia su hermana que aparece tumbada—, hacen que recordemos, salvando las múltiples distancias que separan ambas obras, el ritmo y la armonía del delicioso Mercurio y Argos del maestro sevillano. Comentario tomado del Centro Virtual Cervantes. CVC.

 

Fuegos de artificio

Era esta mañana, cuando estas palmeras, como recién llegadas de un “wadi” de oriente, se hicieron un fuego de artificio para iluminar su sed, para verdear este Mar de Sur que mostraba en su calma todo su abismo. Yo también me iluminé de ellas… inundándome de un calor frío…de color azul. Luego leí poemas inexistentes…leí silencios.

C.R. Ipiéns.

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Fotografía: C. R. Ipiéns. Málaga, 10 de Enero de 2017.

A mil besos de profundidad. Leonard Cohen.

Clepsidras

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Clepsidra – Reloj de Agua: Reconstrucción de una original de arcilla de finales del Siglo V a. C. Museo del Ágora de Atenas.

Además de una bellísima palabra, la antiquísima invención de la clepsidra -de origen mesopotámico- se basa en el principio de que una cantidad dada de agua siempre requiere del mismo tiempo para pasar gota a gota de un recipiente a otro. Este aparato es entonces un cronómetro y no un reloj (aunque comúnmente se le nombre por reloj), pues marca una determinada cantidad de tiempo pero no da la hora. No ha llegado ninguna clepsidra antigua hasta nosotros. Sólo se conoce su funcionamiento por las descripciones de Vitrubio.

Las clepsidras se usaban especialmente durante la noche, cuando los relojes de sol perdían su utilidad. Los primeros relojes de agua consistían en una vasija de cerámica que contenía agua hasta cierto nivel, con un orificio en la base de un tamaño adecuado para asegurar la salida del líquido a una velocidad determinada y, por lo tanto, en un tiempo prefijado. El recipiente disponía en su interior de varias marcas, de tal manera que el nivel de agua indicaba los diferentes períodos, tanto diurnos como nocturnos.

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Balneario del Carmen (Málaga) Fotografía: C.R.Ipiéns.

Los relojes de agua también se usaron por los atenienses para señalar el tiempo asignado a los oradores. Más tarde fueron introducidos con el mismo fin en los tribunales de Roma y además se usaban en las campañas militares para señalar las guardias nocturnas. El reloj de agua egipcio, más o menos modificado, siguió siendo el instrumento más eficiente para medir el tiempo durante muchos siglos.

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Balneario del Carmen (Málaga). Fotografía: C.R. Ipiéns.

Fue ayer ante el Mar, recordando mi infancia y los pasados tiempos de juventud en el Balneario del Carmen (Málaga), donde el mar se me antojó como una clepsidra gigante que marcaba el inexorable paso del tiempo; allí mismo anoté en un libre resumen y nota de memoria personal algunas estrofas (el original contiene cinco estrofas) que recordaba del poema ‘Reloj’ de Charles Baudelaire en sus ‘ Las flores del mal’, que a su vez es una amplia imitación (hasta el título) de otro poema de Gautier; y aquí os dejo la nota:

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Balneario del Carmen (Málaga). Fotografía: C.R. Ipiéns.

¡Reloj! Siniestro Dios, impasible, horroroso, cuyas agujas amenazan con clavarse en tu pecho como en una diana. Un jugador insaciable es el tiempo, que sin trampas te gana todas las bazas. Decrece el día, crece la noche. La sima esta sedienta; la clepsidra vacía.
Más tarde todo se hizo del azul de la marinera eterna que me vive…
C.R. Ipiéns.

En azul…