Goya y el Prado

La nevada o el Invierno (Click en la imagen para ampliar)

Retomando apuntes de mi amigo y compañero, el Profesor D. José Luque Baena, propongo este, para enmarcar un resumen a modo de muestra de la obra de Goya.

Francisco de Goya por Vicente López Portaña (click en la imagen para ampliar)

Sin que podamos considerarlo como un pintor neoclásico, la figura culminante en el panorama que ofrece la pintura española de la segunda mitad del siglo XVIII es Francisco de Goya, pintor difícil de encasillar en un estilo concreto pues su arte evoluciona constantemente. El hecho de que su obra ejerza una importantísima influen­cia en la pintura posterior es lo que nos permite considerarlo como “precursor de la pintura moderna“.

Goya es un pintor que cultiva muchas técnicas: la más usual fue el óleo sobre lienzo, aunque también lo emplea directamente sobre el muro (“pinturas negras”). Pintó también al fresco como decorador mural y practicó con técnicas de estampación como el grabado, la litografía, el aguafuerte, etc. Su factura varía con los años, pero siem­pre tendió a ser amplia, larga, suelta y expresiva. La textura va desde el aspecto liso de los cartones para tapices al rugoso de las pinturas negras. El modelado lo consi­gue por matices de colores. Aún siendo buen dibujante, es el color el principal prota­gonista en sus cuadros. Goya centrará su atención en la figura humana (el marco ambiental le interesó más bien poco)  A nivel compositivo su producción varía mucho según la época.

Su obra está estrechamente ligada a su vida y una serie de crisis irán marcando la evolución de la misma, por lo que conviene estudiar paralelamente vida y obra:

Nacido en el pueblecito aragonés de Fuendetodos, pronto pasa a Zaragoza donde se forma en el taller de Luzán; Con 23 años de edad viaja a Italia para completar su formación y, a su regreso,  pinta en El Pilar, donde conoce a Francisco Bayeu, pintor de cámara del rey (y más tarde cuñado, pues Goya casa con su hermana) que le va a propi­ciar el camino hacia la fama pues a través de él logra llegar a trabajar en los talleres reales, iniciando de este modo su etapa de cartonista (cartones que después se plasmarían en tapices) en la Real Fabrica de Tapices, donde permanecerá unos 20 años.

El quitasol (click en la imagen para ampliar)

En estos cartones tratará temas de la vida ordinaria y de las costumbres de la época. Los cartones nos hablan de un Goya feliz, sin problemas, en los que la vida está pintada con tonos amables y optimistas. Se conocen más de 60 cartones, de los que destacan, entre otros, El Quitasol, La gallinita ciega, La pradera de San Isidro, La vendimia, etc.

La gallina ciega

Hacia 1780 entramos ya en un periodo de triunfos para Goya. Los reyes y prínci­pes le reciben en palacio y empieza a ser conocido en todos los ambientes sociales.

Ese mismo año ingresa en la Academia de San Fernando e inicia su carrera como pintor del rey. Siguen años de éxito para el pintor que cada vez se va haciendo más famoso entre la nobleza. Goya alterna en su obra retratos de personajes reales – Carlos III de  caza –  y de personajes de la aristocracia – Familia del Duque de Osuna – con cuadros religiosos, como La Sagrada familia.

Los duques de Osuna y sus hijos (click en la imagen para ampliar)

En 1789, Goya es nombrado primer pintor de cámara del nuevo rey Carlos IV y cuatro años más tarde  cae enfermo de gravedad, enfermedad que supone un duro golpe para un hombre que empezaba a acostumbrarse a una vida feliz. Es la primera crisis que tendrá un reflejo en su arte. En efecto, el Goya de después de la enferme­dad, de la que queda sordo, es un pintor totalmente distinto y va a encontrar en una colección de grabados – Los Caprichos – el desahogo a sus males: son cuadros de fantasía de fuerte sátira contra la sociedad.

Alterna los grabados con retratos de personajes famosos – Duquesa de Alba, Condesa de Chinchón – y retratos reales: La familia de Carlos IV. Son estos años los de contacto con la Duquesa de Alba, aventura amorosa un poco en broma para ella y más en serio para él, y cuando pinta también sus Majas desnuda y vestida (¿Duquesa de Alba?) y decora con frescos la cúpula de San Antonio de la Florida, un claro ejemplo de la evolución de su pintura.

La familia de Carlos IV (click en la imagen para ampliar)

En 1808 se produce la segunda crisis en la vida del pintor motivada por la inva­sión francesa. Los horrores de la guerra impresionaron a Goya que se convertirá en una especie de cronista de la misma a través de una nueva colección de grabados – Los Desastres de la guerra – que reflejan la crueldad de la tragedia. Cuando termina la guerra volverá a pintar obras relacionadas con el mismo tema: La carga de los mamelu­cos y Los fusilamientos(ver detalle). Lafuente Ferrari dice que la crisis de la guerra supuso una profunda transformación en el arte de Goya.

El 2 de mayo de 1808 en Madrid: “La carga de los mamelucos” (click en la imagen para ampliar)
Los fusilamientos del 3 de Mayo (click en la imagen para ampliar)

Al término de la Guerra de la Independencia, cuando vuelve Fernando VII, seguirá como pintor de cámara del nuevo rey, pero no es ya un pintor feliz, como lo demuestra otra serie de grabados – Los Disparates – donde crea seres monstruosos con dos o tres cabezas que se apartan de la realidad y nos conducen al mundo de los sueños, plasman­do estados sin posible realidad. La crisis de la guerra ha transformado su paleta otra vez. En los cuadros que pinta ahora se nota el pesimismo del pintor. Donde realmente puede  apreciarse a fondo la transformación experimentada en su arte es en la serie de “pinturas negras” de su casa  (La “Quinta del sordo”) en donde Goya se refugia buscando el reposo y la evasión. Estas pinturas tienen una técnica de pincelada larga y gruesa y son el antecedente claro de la pintura expresionista (la realidad se deforma para expresar la angustia). Los temas son como de pesadillas: brujas, hechice­ras desdentadas, etc. Algunos ejemplos son Saturno devorando a su hijo, Lucha a garro­tazos, etc.

Los cómicos ambulantes (click en la imagen para ampliar)
Fernando VII con manto real (click en la imagen para ampliar)
Duelo a garrotazos (click en la imagen para ampliar)
Las parcas o Átropos (click en la imagen para ampliar)

Goya, desengañado, decide autoexiliarse a Francia y allí nos deja una de sus últi­mas obras, La lechera de Burdeos, con una técnica similar a la que usarán los impresionistas.

Con la obra de Goya se cierra un ciclo y se abre otro: el de la pintura moderna. En efecto, su obra va a ejercer una influencia decisiva en la pintura posterior. La deuda de movimientos pintores del XIX (Romanticismo, Realismo e Impresionismo) y del XX (Ex­presionismo y Surrealismo) es clara.

La lechera de Burdeos (click en la imagen para ampliar)

Aunque la mayor parte de su producción como pintor coincide con la época del Neo­clasicismo, él rechaza de este estilo su consideración dibujística, académica, estática y acromática y se inclina, como harán los pintores románticos, por una pintura en la que se ensalza el color, las composiciones dinámicas y los temas de exaltación de la libertad y heroicidades del pueblo (en esta línea encaja perfectamente ‘La carga de los mamelucos”).

Perro semihundido (click en la imagen para ampliar)

La pintura realista francesa, de manera más o menos consciente, se­guirá los caminos goyescos en la técnica y la concepción. La deuda del Impresionismo es aun más clara: los impresionistas recordarán la pincelada suelta de Goya en obras como “La lechera de Burdeos”. De igual manera, el expresionismo tiene en Goya un claro precursor: la preocupación principal de la pintura expresionista es el alma humana; es una pintura que plantea los conflictos íntimos del hombre, deformando la realidad para expresar la angustia. El rostro del personaje a punto de morir en “Los Fusila­mientos” es un clarísimo ejemplo de esa deformación de la realidad que usarán los expresionistas, y lo mismo podría decirse de algunas de sus figuras de sus “pinturas negras”. Finalmente, también puede observarse en algunas obras de Goya el antecedente del  surrealismo, manifestación pictórica  del  s. XX en  la  que  se  pierde  la racionalidad, por la insistencia del pintor en plasmar estados sin posible realidad, como ocurre en algunos de sus “Caprichos”(lámina) y en su colección de grabados “Los Disparates” donde encontramos seres monstruosos con dos o tres caras que se apartan totalmente de la realidad y nos con­ducen al mundo de los sueños.

Vídeo: C.R. Ipiéns

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