Desde la amura

“Sobre el deseo, el destino y la realidad”
Pretender que las cosas sean como las deseamos y no desearlas como son es, a veces, una errónea ambición que se instala en el equipaje de nuestro viaje de vida y que nos proporciona, en más de una ocasión, un estado de duda y desconcierto que solo ayuda a generar una ansiedad inmotivada, que condiciona nuestro tiempo vital y nos hace rechazar la realidad para cobijarnos en la soledad de lo que hoy llaman “zona de confort”, alejándonos más y más del disfrute sereno de lo cercano y real y que sí está al alcance de nuestro deseo. Y es que no podemos pasar la vida a la espera de lo azaroso, a la espera del gusto de los otros, no podemos caer en la creencia de que valemos tanto como nos aplaudan los demás, pues ese aplauso (likes), a veces, enmascara otras intenciones, otros intereses (de todo tipo) a cambio. El sabio Cervantes ya nos alumbraba que el hombre mismo es el dueño de su destino y que nada esencial de su vida debiera ponerse en manos de lo ajeno (menos aún, en manos de las redes). 
De ahí, que los deseos deben estar acordes a la realidad; sólo desde la inmadurez podemos desear lo que no se conoce pero, menos aún, lo que no existe o es literalmente imposible. 
A veces tenemos tendencia a confundir destino con azar -eso que, no sin razón, llamaba el insigne H. Poincaré como la medida de la ignorancia del hombre-; en más de una ocasión proponía esta cuestión a debate en mis clases cuando tenía que presentar (explicar) los fenómenos deterministas y no deterministas. Y destino y azar no solamente no son sinónimos, sino que son absolutamente antónimos. Poner nuestro tiempo al pairo del azar es perderlo absolutamente y sin remisión.
El destino no es un final, como pudiera parecer, el destino está conviviendo a diario con nosotros mismos; el destino lo vivimos en cada momento que es esencial en nuestra vida y no se concentra, en lo que los predicadores (nuevos sanadores del alma en las redes) de moda, llaman final feliz.
De este modo, el deseo (los deseos) y el destino esculpen nuestro existir y lo hacen en base a la realidad, de manera que todo aquello que basemos en el imaginario virtual estará condenado a convertirse en una frustración más, y nos embaucará en un bucle emocional que no sirve más que para alimentar los “DESEOS” (entrecomillo adrede) de los grandes TRUST de la comunicación y redes sociales que manejan esta sociedad inerme y obediente, por no decir dependiente, y que nos llevan a encadenarnos a una pantalla, donde creemos encontrar y satisfacer (con una creencia ciega) nuestros imposibles deseos. 

Nunca la sociedad ha sido tan enfermiza de narcisismo.
Y, es la edad, y no otra cosa, la que me lleva a este estado de aceptable nihilismo, en el que solo creo y deseo lo que realmente vivo y siento, lo que encuentro en lo cercano, lo sencillo, no lo que me insinúan, los medios de comunicación ni las más hábiles redes (nunca mejor dicho lo de redes) sociales, conductoras a la más atroz de las soledades, pues, la soledad -quedarse solo un tiempo- puede ser una buena herramienta para descansar nuestra mente, para desintoxicarnos de tanto bullicio estresante, pero la soledad no es el mejor lugar para quedarse a esperar que se cumplan los deseos que utópicamente nos obligan a obtener como si de trofeos se tratara.
C.R. Ipiens.