Shunga (春画) «Imágenes de primavera» Arte erótico Japonés (Parte I)

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Kitagawa Utamaro; Una página del libro erótico shunga Utamakura, 1778. Museo Británico.

A través del tiempo, los grabados eróticos japoneses se han conocido bajo diferentes nombres ― shunga, makura-e, warai-e. Uno de estos términos fue también el de higa, que significa «imágenes secretas». El shunga (春画  lit. «Imágenes de primavera») es un género de producción visual japonés que tiene como tema principal la representación del sexo. Está vinculado, principalmente, con la producción gráfica conocida como «estampas del mundo flotante», o xilografía ukiyo-e, del período Edo (1603-1867), a partir de imágenes de álbumes o de ilustraciones de textos de la literatura popular de entonces, así como con la producción pictórica de la época. A pesar de que su producción estuvo marcada por regulaciones y prohibiciones por parte del gobierno, la realización de este tipo de obras continuó prácticamente hasta finales de la era Meiji, con la prohibición de material «obsceno» en el Código penal japonés del año 1907.

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Autor: Chōbunsai Eis (1756-1829). Pintura sobre seda por Chôbunsai Eis: uno de cuatro similares kakemonos de las series “Competencia del Placer en las cuatro estaciones. Esta pintura específica describe el ‘Verano’, como lo demuestra el mosquitero y las flores del árbol de calabaza, que se puede ver desde la ventana a la izquierda. Fecha: entre 1794 y 1801.

La traducción literal del vocablo japonés (de origen chino) shunga significa «imágenes de primavera», siendo «primavera» una metáfora común para el acto sexual. Las escenas describían relaciones sexuales de todo tipo, incorporando en ellas a los más variados actores de la sociedad japonesa de entonces, como a los miembros de la clase comerciante, samuráis, monjes budistas e inclusive seres fantásticos y mitológicos.

La gran mayoría de los ilustradores de ukiyo-e realizaron este tipo de imágenes debido, entre otras razones, a que tanto artistas como editores obtenían buenas sumas de dinero de la venta del material, incluso a pesar de estar vigente alguna prohibición, por lo que existe una gran cantidad de imágenes que fueron realizadas por ilustradores de renombre. Por otro lado las mismas prohibiciones llevaban a sus creadores a no firmar sus trabajos, pero a modo de que la gente supiera el autor, desarrollaron una serie de artimañas, como poner en las imágenes sobrenombres o señales apenas perceptibles, que eran fácilmente identificables para el público de la época.

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Kitagawa Utamaro (1753-1806). Preludio del deseo. Fecha: 1799.

Tras la apertura de Japón a Occidente, a mediados del siglo XIX, el arte japonés contribuyó al desarrollo del movimiento conocido como japonismo. Diversos artistas europeos coleccionaron shunga, entre los que destacan Aubrey Beardsley, Edgar Degas, Henri de Toulouse-Lautrec, Gustav Klimt, Auguste Rodin, Vincent Van Gogh y Pablo Picasso, contando este último con una colección de 61 estampas de artistas japoneses reconocidos, que le sirvieron de inspiración durante los últimos años de su vida. (Véase Situación actual y legado en este documento). Seguida de esta publicación, aparecerá un Anexo a ella donde se contemple la influencia de la Estampa Japonesa en estos autores de principio de siglo.

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Tipologías


Las tipologías más comunes de shunga que se produjeron son tres.

  • Los shunga emaki (春画絵巻) eran rollos con formato horizontal, muy populares entre los sacerdotes, la aristocracia y la clase samurái. A lo largo del período Edo tuvo que competir con la popularidad y rentabilidad de otras tipologías como los álbumes y los libros ilustrados. Es importante remarcar que estas pinturas circulaban en círculos más restringidos debido a su coste y disponibilidad, a causa del enorme trabajo y tiempo empleado en su producción.
  • Los soroimono (揃物) y kumimono (組物) eran álbumes ilustrados que se imprimían a partir de la misma técnica xilográfica que el resto de las impresiones ukiyo-e, por lo que su producción comenzó a partir del período Edo. Dado que la superficie dedicada a la imagen era mayor que en los libros, y que éstas no se plegaban, permitían un nivel de cualificación técnica mucho mayor, que, por ende, incrementaba también su coste. Casi siempre contenían doce imágenes, y mientras que los kumimono tenían una escena introductoria para el resto de las estampas, los soroimono tenían un título común que era impreso en todos los grabados.
  • Los enpon (艶本) o shunpon (春本) eran libros eróticos y, dentro de estos tres tipos, los más populares. Se produjeron a lo largo del período Edo y hasta comienzos de la era Taishō. Muchos de ellos se imprimían en blanco y negro, y otros se llevaban a versiones en color, utilizando el mismo desarrollo técnico que experimentó la historia del ukiyo-e. Casi siempre combinaban una sección de imágenes al principio con una sección de texto después que, por regla general, era alguna historia erótica de alguno de los escritores populares del momento, o en ocasiones del mismo ilustrador.

A diferencia del común de la xilografía ukiyo-e, el shunga no acostumbraba a producirse en láminas sueltas. Sólo algún surimono puede encontrarse así, pero en contadas ocasiones. Las láminas sueltas que conocemos hoy como shunga, y que se encuentran en muchas colecciones, se subastan o se venden en tiendas o galerías especializadas de arte, originalmente pertenecían a algún álbum que fue desmontado y sus imágenes separadas.

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Artista de escuela, anónimo, Shunga. Circa. 1900 .Fuente: Ohmi Gallery.

Algo de Historia


Primeras obras eróticas:

Durante la prehistoria de Japón, la religión nativa, hoy conocida como sintoísmo, estaba marcada por la libertad sexual, ya que sus creencias se basaban en la fertilidad, tanto del ser humano como de la Tierra. Por ejemplo, según el mito de la creación de Japón relatado en el Kojiki y el Nihonshoki, los dioses Izanagi e Izanami crearon ocho grandes islas al practicar el coito. Por tanto, el sexo no tenía una connotación vergonzosa, pecaminosa ni era un tabú, a diferencia de la concepción occidental. De este modo eran comunes en las expresiones artísticas las representaciones fálicas e imágenes sobre fertilidad. Al día de hoy, aún se conservan en Japón algunas festividades relacionadas con este antiguo culto.

Durante el siglo VI llegó el budismo a Japón a través de China, acontecimiento que marcó el fin del período Kofun. Esta nueva religión se asentó en el país, y sus seguidores fundaron diversos templos en el territorio. Algunas fuentes señalan que las primeras formas de shunga surgieron precisamente en estos templos, en la forma de grafitis que hacían los monjes en las bases de las estatuas del siglo VII. Uno de estos grafitis se encontró en una estatua en el templo Hōryū-ji, en el cual se observa la figura de una mujer en la parte superior y un falo debajo de ella.

Durante los períodos Nara (712-793) y Heian (794-1186) surgió un tipo de dibujo conocido como osukuzu-no-e, que se centraba en explicaciones médicas,  aunque con tendencia a exagerar las proporciones de los genitales con la intención de mantener el interés visual (midokoro). Durante finales del período Heian, uno de los principales exponentes del arte japonés fue Toba Sōjō, un monje budista de la rama shingon. Se le atribuye generalmente uno de los rollos más antiguos que se conservan, llamado Yōbutsu kurabe, donde se observa una competencia entre cortesanos por el tamaño de sus penes, deformes y exagerados de forma cómica. Por otro lado, a partir del siglo XII comenzaron a producirse los shunga emaki, probablemente estableciéndose como una forma de arte entre los sacerdotes, la aristocracia y la clase samurái.

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Shunga Emaki: Escuela de Sugimura Jihei; Descripción: Rollo horizontal ( Sugimura jihei Fuzoku emaki ) (detalle), Honolulu Museo de Arte.

Durante el período Muromachi (1392-1573), siguiendo la tradición de los doce karmas y los doce animales del calendario chino, los libros se hacían a partir de doce estampas o un número múltiplo: veinticuatro, treinta y seis, cuarenta y ocho, tradición que posteriormente retomarían artistas dedicados al shunga.

Surgimiento de los chōnin y el ukiyo-e

Japón pasó por un período de constantes guerras entre los años 1467 y 1568, período de la historia de Japón que es conocido como período Sengoku (戦国時代 «período de los estados en guerra»). Las guerras de poder entre los distintos daimyō, o señores feudales, terminó después de que el país fuera unificado por tres personalidades importantes, conocidos como los «tres grandes unificadores de Japón»: Oda Nobunaga, Hideyoshi Toyotomi y Tokugawa Ieyasu. Ieyasu, quien resultó victorioso durante la decisiva batalla de Sekigahara del año 1600, estableció entonces el shogunato Tokugawa, gobierno feudal que duraría por más de 250 años. Una de las primeras medidas que tomó fue la de trasladar la capital de Kioto a Edo (hoy Tokio), ordenando a sus vasallos que se trasladaran a la ciudad, por lo que diversos templos, palacios, santuarios y mansiones se construyeron allí. En el año 1635 un descendiente de Ieyasu, Iemitsu, instauró un sistema llamado sankin kōtai o «presencia alterna», con el que buscaba prevenir posibles traiciones al shogunato. Según este sistema, los daimyō estaban obligados a permanecer un año en una mansión (yashiki) en Edo y otro año en sus respectivos feudos, permaneciendo la familia en la capital. Este ir y venir de gente dio nacimiento a una nueva clase social, llamada chōnin, formada principalmente por comerciantes y artesanos.

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Modelo a escala 1:30 del área de viviendas de los chōnin al norte del puente Nihonbashi, en Edo, durante mediados del siglo XVII.

Los chōnin, quienes en teoría constituían la clase social más baja, crecieron rápidamente e incluso superaron en número a los samuráis y granjeros, asentándose en la periferia de la ciudad-castillo de Edo. Algunos chōnin se volvieron sumamente prósperos, y su riqueza les permitió crear su propia cultura, llamada chōnin bunka. Fue entonces cuando en Edo, así como otras ciudades (como Kioto, Osaka y Sakai), surgió un estilo de vida que se conocería posteriormente como ukiyo, «el mundo flotante», el cual contaba con su propia literatura y formas artísticas distintivas. Fue el novelista Asai Ryōi quien en el año 1661 definió al movimiento en su libro Ukiyo-monogatari: «viviendo sólo para el momento, saboreando la luna, la nieve, los cerezos en flor y las hojas de arce, cantando canciones, bebiendo sake y divirtiéndose simplemente flotando, indiferente por la perspectiva de pobreza inminente, optimista y despreocupado, como una calabaza arrastrada por la corriente del río».

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Hishikawa Moronobu – Escenas del Teatro Nakamura Kabuki –

Durante este período surgió el ukiyo-e (浮世絵? lit. «pinturas del mundo flotante»), una técnica de estampa japonesa a partir de planchas de madera. Esta técnica se introdujo en Japón en el siglo VIII procedente de China, siendo su fin principal la ilustración de textos budistas y, a partir del siglo XVII, la ilustración de poemas y romanceros. Con la nueva cultura chōnin, movimientos como la literatura ukiyo y los grabados comenzaron a reflejar lo ocurrido en los distritos de placer (siendo el más importante Yoshiwara, en Edo), el kabuki, festivales y viajes. Estos últimos dieron nacimiento a guías turísticas que describían lo más destacado tanto de ciudades como del campo.

Shunga en el período Edo

El primer shunga fechado data del año 1660 y se trata de un enpon (libro impreso) titulado Yoshiwara makura. El libro, creado por un artista anónimo, es una combinación de un manual del sexo junto con una crítica de las cortesanas de Yoshiwara. Como manual ilustraba las cuarenta y ocho «posiciones estándar», mientras que la crítica ofrecía un resumen de las cortesanas, sus características, donde podían ser localizadas y los precios.

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Shunga Periodo EDO. Autor desconocido.

Alrededor de 1670 surgió el primero de los grandes maestros del ukiyo-e: Hishikawa Moronobu, quien además de reproducir grabados de una sola hoja en donde representaba flores, pájaros y figuras femeninas (bijin-ga (美人画?)), realizó grabados de tipo shunga. Durante las décadas de 1670 y 1680 tuvo lugar el primero de los grandes auges del shunga, liderado por las obras de Moronobu y Sugimura Jihei en Edo, y Yoshida Hanbei en Kamigata (la región de Kioto y Osaka). Las obras de Moronobu son representativas de esta etapa, con álbumes compuestos de doce estampas y donde generalmente se representaban cortesanas, doncellas y funcionarias, personalidades a las cuales generalmente no podía acceder el grueso de la población debido a que sus ingresos no eran suficientes.

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Shugenobu, Japón tarde Edo. Siglo XIX, Gouache. 38.0 x 28.0 cm.

Una nueva ola creativa tuvo lugar entre 1711 y 1722 de la mano de Nishikawa Sukenobu, artista de Kioto cuyo apellido se convirtió en sinónimo de estampa erótica con el término Nishikawa-e (西川絵? «estampas de Nishikawa»). Nishikawa se vio afectado por los primeros intentos por regular la publicación y venta de shunga: fue precisamente en ese año de 1722 cuando un machibure (regulaciones del magistrado de Edo) y parte de las Reformas Kyōhō, prohibió los libros eróticos (kōshokubon (好色本?)), aunque no fue así con las estampas.

La producción de shunga cesó casi completamente por casi diez años, aunque durante los años 1740 Okumura Masanobu estuvo activo en Edo. La mayoría de sus trabajos no estaban fechados, quizá con la intención de burlar las regulaciones. La obra de Masanobu se caracteriza por retomar la tradición de poner grandes cantidades de texto junto con las imágenes. Durante los años 1750 y 1760 pocos nuevos trabajos fueron realizados, aunque la producción de este tipo de obras resurgió después de la introducción en 1765 de nuevas técnicas de xilografía, las cuales permitían producir estampas en color (conocidas como nishiki-e (錦絵 «estampa brocada»?)). Se estima que entre 1766 y 1790 se crearon un total de 120 títulos.

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Una nueva ola creativa tuvo lugar entre 1711 y 1722 de la mano de Nishikawa Sukenobu, artista de Kioto cuyo apellido se convirtió en sinónimo de estampa erótica con el término Nishikawa-e (西川絵? «estampas de Nishikawa»). Nishikawa se vio afectado por los primeros intentos por regular la publicación y venta de shunga: fue precisamente en ese año de 1722 cuando un machibure (regulaciones del magistrado de Edo) y parte de las Reformas Kyōhō, prohibió los libros eróticos (kōshokubon (好色本?)), aunque no fue así con las estampas. La producción de shunga cesó casi completamente por casi diez años, aunque durante los años 1740 Okumura Masanobu estuvo activo en Edo. La mayoría de sus trabajos no estaban fechados, quizá con la intención de burlar las regulaciones. La obra de Masanobu se caracteriza por retomar la tradición de poner grandes cantidades de texto junto con las imágenes. Durante los años 1750 y 1760 pocos nuevos trabajos fueron realizados, aunque la producción de este tipo de obras resurgió después de la introducción en 1765 de nuevas técnicas de xilografía, las cuales permitían producir estampas en color (conocidas como nishiki-e (錦絵 «estampa brocada»?)). Se estima que entre 1766 y 1790 se crearon un total de 120 títulos.

En el año 1790 se establecieron nuevas regulaciones para la producción de material erótico como parte de las Reformas Kansei. Dichas reformas incluyeron la regulación de la prostitución, así como la separación de hombres y mujeres en contextos que pudieran levantar la libido. Por ejemplo, toda persona mayor de seis años estaba obligada a entrar en los baños públicos con los de su mismo sexo, siendo anterior a esta fecha común que hombres y mujeres estuvieran juntos. Esta regulación ocasionó que escenas eróticas en baños públicos se hicieran frecuentes en el shunga. Las nuevas reformas prohibían además la publicación de temas «no ortodoxos», aquellos firmados bajo seudónimos, aquellos escritos en kana, además de que un representante del gremio debía revisar y registrar las publicaciones estando aún en estado de borrador. Prácticamente de 1790 a 1820 cesó la producción de este tipo de material, con la excepción de los trabajos de Kitagawa Utamaro, activo en la escena del shunga entre 1798 y 1803, y Katsushika Hokusai, activo durante los años 1810.

Alrededor de 1820 tuvo lugar el tercer y último auge del shunga, liderado por artistas como Utagawa Toyokuni y Keisai Eisen, aunque este movimiento terminó con la supresión del año 1841 como parte de las Reformas Tenpō, donde se especificó que cada publicación debía ser aprobada por el nanushi, o jefe de la aldea, prohibiendo además imágenes de geishas, cortesanas y actores de kabuki. (Ver en esta publicación Shunga por autores en lo que sigue).

Era Meiji

En julio de 1853 el comodoro Matthew Perry llegó a la bahía de Edo con una flota de barcos, llamados por los japoneses «Barcos Negros» (黒船 kurofune?), y dio un plazo de un año a Japón para que rompiera su aislamiento, con la amenaza de que si negaban su petición Edo sería bombardeado por los sofisticados cañones Paixhans de las embarcaciones. A pesar de que los japoneses empezaron a fortificarse ante el regreso de los estadounidenses, cuando la flota de Perry regresó en 1854, fueron recibidos sin ninguna resistencia por el oficial del shogunato, Abe Masahiro, quien decidió unilateralmente aceptar las demandas de Perry y permitir la apertura de varios puertos y la llegada de un embajador estadounidense en Japón, con la firma de la Convención de Kanagawa de marzo de 1854, dando por terminada de manera formal la política de sakoku que rigió Japón por más de dos siglos. Se permitió entonces el comercio con las potencias extranjeras y se firmaron una serie de tratados, conocidos como «Tratados desiguales» (Tratado de amistad Anglo-Japonés, Tratado Harris, Tratado de amistad y comercio Anglo-Japonés) sin el consentimiento de la casa imperial, lo que ocasionó un fuerte sentimiento anti Tokugawa. Los conflictos internos derivaron en el derrocamiento del último shōgun Tokugawa, Yoshinobu, la abolición de la figura del shogunato y el ascenso del Emperador Meiji como máxima figura política y militar del país.

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Shunga del período Meiji.

Durante los primeros años del nuevo gobierno Meiji el país adoptó la moralidad victoriana, y se estableció una prohibición explícita en el shunga (shunga no kinshi) y «el obsceno nishiki-e» en la prefectura de Tokio en 1869. Sin embargo, el shunga continuó produciéndose, asimilando algunos de los cambios estéticos de la época, que estuvieron marcados por los procesos de importación de patrones y técnicas occidentales. A nivel temático y de personajes representados, también se observa la incorporación de nuevos elementos representativos de la nueva sociedad. A partir de este momento, por ejemplo, son frecuentes las escenas de hombres uniformados al estilo occidental y con barba manteniendo relaciones con enfermeras. Yoshida Teruji asegura que durante este período el consumo de estampas baratas aumentó, pues se las consideraba una especie de amuletos para la buena suerte, especialmente entre las geishas.

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Artista: Tomioka Eisen , 1864-1905. Shunga durante la guerra ruso-japonesa. Fecha: 1904. Grabado en madera; tinta y color en el papel, 16,7 × 23,5 cm.

El shunga del período Meiji gozó de dos oleadas importantes de popularidad: entre 1894 -1895 y 1904-1905, que coincide con las fechas de las guerras Sino-Japonesa y Ruso-Japonesa. Durante estos conflictos bélicos los soldados japoneses llevaron álbumes de shunga a los frentes de batalla dentro de sus pertenencias, siendo conocidos como kachi-e, mismo término que se utilizaba para las supuestas estampas que portaban los samuráis en sus cascos.

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Ilustración del libro “Promesas de Izumo”, 1899. Izumo sin Chigiri; Autor: Terazaki Kogyo.

El Código penal japonés de 1907, en su artículo 175, estableció penas de cárcel contra la obscenidad, en el que se estipulaba:

Artículo 175. (Distribución de objetos obscenos)

«Cualquier persona que sea hallada culpable de distribuir, vender o exhibir en público un documento obsceno, imágenes u otros objetos, será castigado hasta con dos años de trabajo en prisión, una fianza de no más de 2.500.000 yenes […] Lo mismo aplicará para la persona que posea lo mismo con fines de venta».

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(Retrato de Nakatani Tsuru) por Hashiguchi Goyo, Japón, c. 1920, dibujo; grafito en el papel. circa 1920. Honolulu Museo de Arte.

Contenido


Según algunos reportes de prensa, tres estaciones de policía en Tokio confiscaron 143.000 estampas y 5.680 álbumes durante ese año. Esta restricción prácticamente marcó el final de la producción del shunga, aunque al mismo tiempo ocasionó la aparición de un mercado negro. Por otro lado, los avances tecnológicos en Occidente impulsaron la industria de la pornografía por medio de fotografía o vídeo, con los que el shunga no podía competir.

Las escenas describían relaciones sexuales de todo tipo, incorporando en ellas a los más variados actores de la sociedad japonesa de entonces. Personajes comunes eran los chōnin, samuráis, las cortesanas y sus clientes, actores de kabuki, recién casados, jóvenes amantes, así como matrimonios. Algunos otros personajes incluyen a monjes budistas quienes, a pesar de que en teoría renunciaban al sexo, aparecen disfrazados de doctores, pues quienes ejercían esta profesión también tenían que raparse la cabeza. Existen obras que además parodiaron antiguos cuentos chinos y japoneses, mientras que en otras aparecen deidades, demonios, animales y otras criaturas en los actos sexuales.

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Shunga por Keisai Eisen, c. 1825.

La mayoría de los trabajos contenían escenas explícitas donde parejas mantenían relaciones sexuales, representando principalmente escenas heterosexuales. En este tipo de escenas es importante destacar que las mujeres no están sujetas a un rol pasivo ni a los deseos del hombre, sino que son representadas como sujetos con deseos. A pesar de que en ocasiones aparecen en posiciones de sumisión, generalmente ninguno de los dos toma un rol dominante.

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Amor desbordante por Yanagawa Shigenobu I, de la serie Tormenta del sauce ( Yanagi no arashi ), c. 1832, Museo de Arte de Honolulu.

Las mujeres aparecen como sujetos activos, evitando ser dominante o sumisa en extremo. Poses características en la erótica occidental, donde la mujer aparece acostada con sus manos detrás de la cabeza, no estaban presentes en Japón sino hasta después de tener contacto con las culturas occidentales. Incluso en ilustraciones donde los senos son expuestos, en raras ocasiones aparecen como puntos de interés sexual. Así mismo los senos tuvieron un rol secundario en la práctica sexual y las fantasías eróticas por lo menos hasta antes de la Guerra del Pacífico. Una muestra de ello es que durante esta época no existían eufemismos o léxico extravagante para referirse a los senos, a diferencia de los existentes para la vagina. Antes del siglo XX, los senos eran vistos como símbolo de la maternidad, no como símbolo sexual.

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Japanese antique woodblock print shunga hokusai school, 19th century Meiji period.

Otras representaciones, con menos frecuencia, muestran relaciones homosexuales, ya sea entre hombres o mujeres. Las relaciones entre dos hombres tienen su antecedente en Japón en el wakashudō (若衆道? «camino del hombre joven»), donde la parte activa y protectora de la pareja era el de mayor edad y la parte pasiva, el aprendiz, era el más joven, basando su relación en obligaciones y lealtades mutuas.62 Durante el período Edo dicha tradición, junto con la actitud marcial propia del samurái, comenzó a menguar y en su lugar aparecieron prostitutos vestidos como mujeres (lo que no ocurría en la tradición original). Ihara Saikaku al respecto llegó a asegurar: «En el pasado el camino del joven significaba algo fuerte[…] los chicos de hoy en día sólo son afeminados planos» (yowa-yowa).63 En el shunga la feminidad de los prostitutos es exagerada, con los genitales cubiertos o reducidos de forma importante, siendo estos la única prueba de que se trata de alguien del sexo masculino.64 En este tipo de escenas se puede observar a los protagonistas besándose, masturbándose o practicando sexo anal, aunque es importante destacar que no hay evidencia de que los hombres estuvieran interesados en practicar la felación. Por otro lado, en relaciones lésbicas se puede observar a la pareja besándose, frotándose los genitales, practicando cunnilingus o manteniendo relaciones por medio de un harikata (una clase de dildo) o por medio de una máscara de hombre. Este tipo de escenas son muy valoradas por los coleccionistas.

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Mujeres teniendo relaciones por medio de un harikata (consolador/dildo), por Utagawa Kunisada.

Finalmente, se pueden encontrar imágenes de tríos (generalmente una mujer, un hombre y un chico), o algunas escenas fantásticas donde aparecen animales como pulpos, gatos o perros (generalmente en forma de parodias), demonios y deidades, así como mujeres masturbándose como señal de su amante ausente. Escenas de voyeurismo son frecuentes, generalmente para darle un énfasis cómico a la imagen.

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Shunga por Katsushika Hokusai, 1821. Masturbación y Voyaeurismo.

En la gran mayoría de las obras los personajes aparecen total o parcialmente vestidos. Durante el período Edo los baños mixtos eran algo común, por lo que en cuanto a la desnudez femenina como muestra de autorización para el observador masculino, no sólo era innecesaria, sino que no era deseable. Por lo general, en el shunga los genitales son mostrados con un tamaño exagerado.

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Katsushika Hokusai , La Planta Adonis (Fukujuso) , Bloque de madera, juego de 12, Oban, ca. 1815. 25,8 x 39,8 cm. Colección privada.

Es importante destacar que las obras de este tipo desarrollaron distintos niveles en cuanto a su composición. El primer nivel sería la imagen erótica misma, el segundo el lugar de la imagen dentro de la serie, el tercero el texto que acompaña a la imagen y el cuarto algunos simbolismos escondidos dentro de la imagen. Por ejemplo, las ostras simbolizaban los órganos femeninos y los hongos los masculinos, lo mismo que el shakuhachi, una flauta japonesa.

Situación actual y legado


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Katsushica Hokusai; El sueño de la esposa del pescador. Grabado en madera (Xilografía) 1814. Biblioteca Británica, Londres.

Tras la apertura de Japón a Occidente durante la Restauración Meiji el arte japonés llegó a Europa. La visión artística del Lejano Oriente era totalmente nueva y rompía con las convenciones en pintura de la época. De este modo surgió el japonismo. Artistas como James McNeill Whistler, Manet, Monet, Van Gogh, Henri de Toulouse-Lautrec o Paul Gauguin se vieron influenciados por artistas japoneses, entre los principales Hokusai, Hiroshige y Utamaro. Obras de tipo shunga fueron coleccionadas por artistas occidentales como Aubrey Beardsley, Edgar Degas, Henri de Toulouse-Lautrec, Gustav Klimt, Auguste Rodin y Pablo Picasso. Específicamente este último llegó a contar con una colección de 61 estampas de artistas como Nishikawa Sukenobu, Isoda Koryūsai, Torii Kiyonaga, Katsukawa Shunchō, Kitagawa Utamaro o Kikukawa Eizan. Durante sus últimos años de vida, Picasso representó escenas sexuales con plena libertad, hallando en su colección de shunga una fuente de inspiración. Por otro lado, el shunga (así como también el ukiyo-e) proveyó inspiración para las imágenes contemporáneas conocidas en Occidente como hentai, y formalmente en Japón como jū hachi kin (sólo para adultos), anime y manga. Al igual que el shunga, el hentai es sexualmente explícito en su descripción.

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Escuela Kikukawa; Descripción: Álbum erótico de la Escuela Kikukawa, c. 1820, tinta y color sobre seda, Honolulu Museo de Arte;

A día de hoy continúa la restricción contra material obsceno, pero la concepción del shunga ha ido cambiando en la última década, de modo que este tipo de obras son toleradas al ser clasificadas como eróticas gracias a la publicación de obras de estudio del tema en Japón y Occidente sin censura alguna. En Occidente la publicación de estudios relativos al shunga comenzó en 1975 con el libro Shunga, The Art of Love in Japan de Tom y Mary Evans, seguido por Art of the Japanese Book de Jack Hillier en 1987.

He editado este pequeño clip de vídeo a modo de resumen de lo expuesto anteriormente, espero sea de vuestro agrado.

Otros enlaces de interés relacionados con el tema en este blog:

Museo de Arte Adachi y el Jardín Japonés.
Pinturas sobre seda: Un libro de bocetos de sakura (flores del cerezo).
Una Colección de pinturas japonesas.
Colores del triple amanecer.
朝顔三十六花撰: Campanillas
Ocho lugares de interés en los alrededores de Edo.
https://euclides59.wordpress.com/2012/02/26/katsushika-hokusai-1760-1849-la-gran-ola-de-kanagawa/
https://euclides59.wordpress.com/2017/03/04/mariano-fortuny-los-hijos-del-pintor-en-el-salon-japones/

Seguiremos en próximas entradas con la obra de Shunga por autores.

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Manet y Monet: “Le Déjeuner sur l’herbe (Almuerzo en la hierba)” e “Impression, soleil levant (Impresión, sol naciente)”. Dos obras desencadenantes del Impresionismo.

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Édouard Manet (1832-1883). Le Déjeuner sur l’herbe (Almuerzo en la hierba), 1863; Óleo sobre lienzo, 208 x 264,5 cm. Museo de Orsay.

Sobre la obra:

“Manet reivindica en el Almuerzo sobre la hierba el legado de los maestros antiguos y se inspira en dos obras del Louvre. El Concierto campestre de Tiziano, entonces atribuido a Giorgione, le brinda el tema, mientras que la disposición del grupo central se inspira en un grabado según Rafael: El juicio de Paris.Pero en el Almuerzo sobre la hierba, la presencia de una mujer desnuda en medio de hombres vestidos no está justificada por ningún pretexto mitológico o alegórico. La modernidad de los personajes hace obscena, a los ojos de sus contemporáneos, esta escena casi irreal.

El estilo y la factura chocaron casi tanto como el tema. Manet abandona los habituales degradés para entregar contrastes abruptos entre sombra y luz. Por ello, se le reprocha su “manía de ver por manchas”. Los personajes no parecen perfectamente integrados en este decorado de maleza más esbozado que pintado, en el que la perspectiva es ignorada y la profundidad ausente. Con el Almuerzo sobre la hierba, Manet no respeta ninguna de las convenciones admitidas, sino que impone una libertad nueva con respecto al tema y a los modos tradicionales de representación”

Sobre lo que significó su exposición:


Esta obra fue presentada por Manet al Salón de París de 1863. Fue expuesta por Manet con el título Le Bain (El Baño). El jurado elegido al efecto la rechazó, junto a otras 2.000 obras de diferentes artistas, considerando vencedora al Nacimiento de Venus de Cabanel. Pero, en un acto propagandístico de Napoleón III, se creó con estos cuadros (los rechazados por el jurado) el Salon des Refusés – de los Rechazados – precisamente para que el público pudiera dar fe de por qué habían sido defenestrados. Los críticos fueron muy tajantes con la escena de Manet, mientras que los jóvenes artistas – quienes, más tarde, conformarán el grupo impresionista – consideraron la obra como una muestra de vanguardismo, animando a Manet a crear imágenes de esas características y agrupándose en torno a él. Por lo tanto, El Baño se considera punto de ruptura con el arte académico y tradicional.

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Alexandre Cabanel, 1863. Óleo sobre lienzo. Academicismo; 225 cm × 130 cm. Museo de Orsay, París.

Los pintores que se reunían en el Café Guerbois en torno a Manet decidieron crear un foro de exposición diferente a los oficiales, en el que pudieran mostrar sus obras todos los artistas independientes. Así surge la I Exposición de la sociedad anónima de artistas pintores, escultores y grabadores que tuvo lugar entre el 15 de abril y el 15 de mayo de 1874 en las salas que el fotógrafo Nadar les prestó. Intervinieron, entre otros, artistas como Monet, Pissarro, Renoir o Cézanne. Acudieron 3500 visitantes, que se rieron de la pintura tan moderna que contemplaban. A esa exposición Monet presentó nueve cuadros, entre los que destacó esta obra que aquí presentamos: Impresión, sol naciente. El crítico Louis Leroy, inspirado por el título del cuadro, tituló su hostil crítica en el periódico Le Charivari, “Exhibición de los impresionistas”, dando nombre inadvertidamente al movimiento.

“Para entender el rechazo a la obra hay que tener presente que la palabra impresión era equivalente a boceto en aquella época. La Academia pedía a los pintores un boceto (impresión) inicial sobre la que trabajar posteriormente. Por esto, presentar un cuadro que es solamente una impresión o boceto fue tomado como una provocación; mandar al Salón una obra sin terminar era más de lo que podían admitir los miembros del jurado”.

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Claude Monet (1840, 1926), 1872. Óleo sobre lienzo; Impresionismo. 48 cm × 63 cm. Museo Marmottan-Monet, París.

“Impresión, sol naciente (en francés: Impression, soleil levant) es un cuadro del pintor francés Claude Monet, que dio su nombre al movimiento impresionista. Se conserva en el Museo Marmottan Monet de París. Representa el puerto de El Havre, ciudad en la que Monet pasó gran parte de su infancia”.

Para crear la atmosférica belleza de Impresión, sol naciente (un momento visual perfecto capturado como en un abrir y cerrar de ojos), Monet usó breves pinceladas, dando a entender que no había demasiado tiempo para pintar nada que no fuera un esbozo inmediato y apresurado. Fue este carácter de esbozo lo que enojó a los críticos cuando la pintura se expuso por primera vez. Sin embargo, pese  su apariencia de imagen apresurada e incompleta Impresión, sol naciente no es un esbozo, es una obra acabada por un pintor profundamente detallista.

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Las pinceladas breves y plumosas proporcionan a la pintura un aspecto suave y desenfocado para que los espectadores contemplen la escena como a través del velo de una bruma matinal que se eleva desde el mar. Monet eligió principalmente azules y violetas para componer la escena, con matices de grises y negros para resaltar las barcas y un naranja vivo para para el Sol y su reflejo. Con el azul y el naranja complementarios se aseguraba de que cada color adquiría más fuerza que si lo empleaba de manera aislada.

La obra muestra un enorme interés por la llamada teoría del color (Ver en este blog: El “Temeraire”, Turner y la Teoría de los colores de Goethe). Si bien parece que el sol perfora la neblina matutina a causa de su intenso color naranja, en realidad posee la misma luminosidad de su entorno; si se hace una fotografía en blanco y negro, el sol casi no se distingue.

Nota: Monet viajó a Londres entre 1870 y 1871, y allí pudo conocer la obra del paisajista Joseph Mallord William Turner, pintor del romanticismo inglés que destacó por su estilo avanzado y vaporoso, estilo que copiará Monet y después el resto de impresionistas.

El Esclavo Moribundo (Miguel Ángel)

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.

“Las estatuas de Miguel Ángel poseen una inquietante carga erótica. En su obra más conocida, el David, la figura es independiente y el mármol posee un tacto suave  con un lustre verosímil, sin embargo, en esta escultura la forma  emerge desde la piedra en bruto.

Representa la furia que corroe el alma del cautivo, cuya expresión trasluce cierta satisfacción erótica con la situación en la que se encuentra. Las formas de los músculos y los tendones en tensión parecen infundir vida al mármol”.

Apenas había concluido Miguel Ángel su gran obra de la Capilla Sixtina, en 1512, cuando afanosamente se volvió a sus bloques de mármol para proseguir con el mausoleo que en 1505 el Papa Julio II le encargó crear para la decoración de su tumba.

Se propuso adornarlo con estatuas de cautivos, tal como había observado en los monumentos funerarios romanos, aunque es posible que pensara dar a estas figuras un sentido simbólico. Una de ellas es El Esclavo Moribundo.

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo, h. 1513. Mármol, 229cm de altura; Mueseo del Louvre, París.

Si alguien pudo llegar a creer que, tras el tremendo esfuerzo realizado en la Capilla Sixtina, la imaginación de Miguel Ángel se habría secado, pronto advertiría su error. Cuando volvió a enfrentarse con sus preciadas materias, su poderío pareció agigantarse aún más.

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.

Mientras que en Adán Miguel Ángel representó el momento en el que la vida entra en el hermoso cuerpo de un hombre lleno de vigor, ahora, en El Esclavo Moribundo eligió el instante en que la vida huye y el cuerpo es entregado a las leyes de la materia inerte.

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.

Hay una indecible belleza en este último momento de distensión total y de descanso de la lucha por la vida, en esta actitud de laxitud y resignación.

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.

Es difícil darse cuenta que esta obra es una estatua de piedra fría y sin vida cuando nos hallamos frente a ella en el Louvre de París. Parece moverse ante nuestros ojos, y, sin embargo, está quieta. Tal efecto es, sin duda, el que Miguel Ángel se propuso conseguir.

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.

Uno de los secretos de su arte que más han maravillado siempre es que cuanto más agita y contorsiona a sus figuras en violentos movimientos, más firme, sólido y sencillo resulta su contorno. La razón de ello estriba en que, desde un principio, Miguel Ángel trató siempre de concebir figuras como si se hallaran contenidas ya en el bloque de mármol en el que trabajaba; su tarea en cuanto que escultor, como él mismo dijo, no era sino la de quitarle al bloque lo que le sobraba, es decir, suprimir de él lo necesario hasta que aparecieran esas figuras contenidas en sus entrañas. De este modo, la simple forma de un bloque quedaba reflejada en el contorno de las esculturas, y éstas, encajadas dentro de un lúcido esquema por mucho movimiento que el cuerpo pudiera tener.

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.
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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.
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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.
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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.
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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo, h. 1513. Mármol, 229cm de altura; Mueseo del Louvre, París.

Füssli, Johann Heinrich

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Artista: James Northcote (1746-1831); Retrato de Henry Füssli, Fecha 1778; Óleo sobre lienzo, 77,8 × 64,5 cm. National Portrait Gallery.

Johann Heinrich Füssli (Zúrich 1741-Putney Hill, cerca de Londres, 1825), hijo del pintor Joan Caspar Füssil, se dedicó desde su primera juventud a la literatura y a la ilustración. En un principio se orientó hacia la Teología, pero en 1763 tuvo que abandonar Zurich por motivos políticos. Al año siguiente se estableció en Inglaterra. Hasta 1768 se dedicó a escribir, y sólo más tarde se interesó por la pintura bajo la influencia de Joshua Reynolds; de 1770 a 1778 estudió Bellas Artes en Italia. En 1799 ingresó como miembro en la Royal Academy, y alcanzó el rango de inspector en 1804. Su clasicismo romántico manifiesta la influencia de Miguel Ángel, del manierismo y de modelos literarios. Intensificó sus escenas teatrales, llenas de fantasía, mediante formas muy rítmicas y cargadas de tensión, así como a través de dramáticas figuras en movimiento.

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Füssli, autorretrato, 1790. Victoria and Albert Museum, Londres

Temáticamente, pese a su establecimiento en Inglaterra, Füssli representa un sentido del romanticismo plenamente alemán: su mundo nocturno y terrorífico es paralelo al del «romanticismo oscuro» de Novalis, Hölderlin, Jean Paul y Hoffmann. Todo ello sitúa a Füssli como una figura fundamental para la transición entre el neoclasicismo y el romanticismo, y como uno de los artistas pioneros en la exploración de lo irracional, hecho por el que algunos historiadores del arte lo comparan con Goya. Aunque poco después de su muerte su obra cayó en un relativo olvido, su figura fue reivindicada por los expresionistas y surrealistas, que lo consideraron un predecesor.

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Henry Füssli por Edward Hodges Baily, 1824, National Portrait Gallery, London.

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Titania acaricia a Bottom, 1793-1794 (1)

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Titania acaricia a Bottom, 1793-1794. Óleo sobre lienzo, 169x135cm. Kunsthaus, Zúrich.

Füssli reprodujo en numerosas ocasiones secuencias de la obra de Shakespeare El sueño de una noche de verano. En este cuadro el pintor plasma el momento en el que el rey Oberón se venga de su esposa Titiana, con la que se había peleado. Por medio de un encantamiento, logró que ella se enamorara del primer hombre que le saliera al paso, y a la víctima, un tejedor, le puso cabeza de asno para que todo el mundo se burlara de su amor. Füssli incrementa la teatralidad de esta absurda situación mediante la incorporación al lienzo de diversos seres imaginarios y con una reproducción muy realista de los personajes principales. El detalle de la siguiente imagen se centra en el amor ciego, como el que brinda Titania al monstruo, que en su parte inferior muestra la apariencia más bien grotesca y ajena del tejedor. Esta contradicción le sirve para hacer hincapié en la parábola de los efectos de los hechizos.

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Tatiana y Bottom, 1790 (2)

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Henry Füssli, Titania y Bottom, 1790. Óleo sobre lienzo, 217,2×275,6cm. Tate Britain.

La Pesadilla (El Incubo), 1781 (1)

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Johann Heinrich Füssli, 1781. Óleo sobre lienzo, 101 cm × 127 cm. Detroit Institute of Arts, Detroit, Estados Unidos.

Füssli hizo esta obra, probablemente,  inspirándose en el Sueño de Hécuba de Giulio Romano.  En él vemos una mujer dormida poseída por un íncubo, demonio que se presenta en sueños de tipo erótico, apareciendo en segundo plano la cabeza de un caballo de aire fantasmal que contempla la escena. La fisonomía de la mujer pintada corresponde a Anna Landoldt, sobrina de su amigo Johann Caspar Lavater, por la que el pintor sentía una gran pasión. Cabe remarcar que en el reverso del cuadro figura una composición titulada Retrato de una mujer joven, posiblemente Anna.

Es una de las obras más emblemáticas de este pintor, reflejando los temas preferidos a lo largo de su obra: satanismo, horror, miedo, soledad, erotismo. Füssli recrea en esta obra un mundo nocturno y teatral, con fuertes contrastes lumínicos, que inspirará toda la imaginería satánica del siglo XIX. Su título en alemán, Nachtmahr, era el nombre del caballo de Mefistófeles.

La Pesadilla (El Incubo), 1781 (2)

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Henry Fuseli. La pesadilla, entre 1790 y 1791. Óleo sobre lienzo, 77 cmx64 cm. Casa de Goethe

En esta otra Pesadilla (1790-1791) muestra a la mujer desde un punto de vista oblicuo. Predomina la contorsión, el desorden, y se subraya la voluptuosidad de ella. De nuevo el trasgo o íncubo indica la posesión demoniaca sexual y pierde, hasta cierto punto, su carácter pecaminoso anterior para producirnos una mezcla de atracción y repugnancia. Esa ambivalencia está presente en la máxima de Baudelaire Yo soy el cuchillo y la herida.

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Henry Fuseli. La pesadilla, entre 1790 y 1791. Óleo sobre lienzo, 77 cmx64 cm. Casa de Goethe
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Travesura, 1781

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Henry Füssli. La muerte de Dido (Travesura), 1781; Óleo sobre lienzo, 244,3×183,4cm. Yale Center for British Art.

Virgilio: La muerte de Dido

Eneida IV, 692 – 705

“…. buscó en el cielo de luz, y se quejó de encontrarlo.

Entonces poderosa Juno, por piedad de dolor a largo

y un alma difíciles de morir, enviado Iris para desenlazar la

de la lucha en sus extremidades anudadas, locos

por el dolor, ardor de dolor antes de su hora.

Y puesto que no se trataba de la muerte merecida o predestinado,

Proserpina aún no había cortado con tijeras un mechón de pelo rubio,

ni asignado a la reina a su estación de debajo.

Por lo tanto, cubierto de rocío, el azafrán de alas Iris, detrás de una oleada

de colores opuestos al sol, a través del cielo,

posa junto a la cabeza de Dido. “Santificaré

este símbolo para Dis y se suelta de su carne,”

ella habla, y se agarra y cizallas una trenza. Y aquí —

calor mengua en nada, se desvanece la vida y adelgaza al aire.”

Tekemessa y Eurysakes, entre 1800 y 1810

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Henry Füssli; Tekemessa y Eurysakes, entre 1800 y 1810. Óleo sobre lienzo, 1038 cmx 82,9 cm. Yale Center for British Art.

TeKemessa era la hija de Teutrante, rey de Teutrania en Misia , o Teleutas, rey de Frigia . Durante la guerra de Troya, Telamonian Ajax mata al padre de Tekemessa y la toma cautiva; su razón para hacerlo, puede haber sido, la que en el siglo primero antes de Cristo el poeta romano, Horacio , escribió: Ajax fue cautivado por la belleza de Tecmesa. (Ver más en los Mitos de Robert Graves.)

Theodore se reúne en la madera con el fantasma de su antepasado Guido Cavalcanti, 1783

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Henry Füssli;. Óleo sobre lienzo, 276cmx317cm. Museo Nacional de Arte Occidental. Tokyo.

Pintado dos años después de La pesadilla, este trabajo puede ser considerado uno de los más grandes de sus primeras obras. Füssli cita con frecuencia en las obras de estos autores británicos como Shakespeare, y este trabajo se inspira en el poema de Dryden Teodoro y Honoria, una adaptación de la “historia del degli Onesti” de Decamerón de Boccacio. La escena de Theodore y Honoria, que se muestra aquí, cuenta la historia de Teodoro, un joven de Rávena, que, rechazada por una fría recepción de su amada Honoria, se dispone a caminar a través de los bosques en el borde de Rávena. Allí se encuentra con el fantasma del suicidio Guido Cavalcanti, que también había sido recibida con frialdad por su amante.

Ezzelin y Meduna, 1779

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Henry Füssli; Ezzelin y Meduna, 1779; Óleo sobre lienzo, 45,7 cmx50,8 cm. Museo de Sir John Soane.

El conde Ezzelin Bracciaferro  -“Brazo de hierro”- reflexionando sobre el cadáver de su esposa Meduna asesinada por él por deslealtad durante su ausencia en Tierra Santa haciendo Las Cruzadas.

Edipo acusando a su hijo Polínices, 1776-1778

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Edipo maldiciendo su Hijo, Polinices, por Henry Fuseli, 1786, pintura británica, óleo sobre lienzo.

Pintura dramática de Henry Fuseli, representa el clímax de tensión de Edipo en Colono, un drama de Sófocles. Auto-ciego Edipo Rey, condena a su hijo, a morir. Las alusiones al enfrentamiento padre-hijo son constantes. Aquí Edipo, con los brazos extendidos, maldice a su hijo Polínices, que frena el brazo de su progenitor para evitar dicha maldición.

Ambos personajes forman una composición en aspa reforzada por el eje que forman las mujeres: no se reflejan lo masculino y lo femenino en un ámbito doméstico, sino en una tragedia griega y las figuras no aparecen en un espacio abarcable, sino sobre ese fondo irracional y nocturno que tanto interesaba a Füssli.

Las figuras, otra vez, son alargadas; sus expresiones, tremebundas, y utiliza el pintor una luz manierista de pálpito luminoso difuso que hace que las figuras parezcan fosforescentes.

El hombro desnudo de la hija de Edipo llorando sobre el muslo de su padre ofrece un erotismo de carácter fantasmal. Mediante distorsiones, se exageran los rasgos y miembros de los personajes en una manipulación de lo corporal que rompe todo canon y supone un latigazo erótico, expresivo por sus excesos. Füssli da misterio a una imagen nueva.

Ariadna Observación de la lucha de Teseo con el Minotauro, 1815-1820

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Henry Füssli; Ariadna Observando la lucha de Teseo con el Minotauro; Dibujo, 1815 a 1820; Técnica mixta: aceite, gouache blanco, tiza blanca, goma y grafito sobre papel lavado beige. 61,6 cmx50,2 cm. Yale Center for British Art.

En la mitología griega, Ariadna (en griego Ἀριάδνη, de la forma greco-cretense arihagne, ‘la más pura’) era hija de Minos y Pasífae, que eran los reyes de Creta que atacaron Atenas tras la muerte de su hijo Androgeo. A cambio de la paz, los atenienses debían enviar siete hombres jóvenes y siete doncellas cada año para alimentar al Minotauro. Un año, Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas, marchó voluntario con los jóvenes para liberar a su pueblo del tributo.

Copa de Esón (c. 425–410 a. C., M.A.N., Madrid) en la que Teseo arrastra al Minotauro desde un laberinto parecido a un templo.

Ariadna se enamoró de Teseo a primera vista, como otros personajes femeninos que ayudaron a provocar el nuevo orden (un mitema que fue caracterizado como «de los desertores» por Ruck y Staples), y le ayudó dándole un ovillo del hilo que estaba hilando o, según otras fuentes, una corona luminosa para que pudiese hallar el camino de salida del Laberinto tras matar al Minotauro. Ariadna huyó entonces con Teseo, pero según Homero «no pudo lograrla, porque Artemisa la mató en Día, situada en medio de las olas, por la acusación de Dioniso».3 Homero no explica la naturaleza de la acusación de Dioniso.

En Hesíodo y la mayoría de las demás fuentes, Teseo abandonó a Ariadna dejándola dormida en Naxos y Dioniso la redescubrió y se casó con ella. Con él fue madre de Enopión, Toante, Estáfilo y Pepareto. La corona que recibió Ariadna como regalo de bodas fue ascendida a los cielos como la constelación Corona Borealis.

Ariadna permaneció junto a Dioniso hasta que más tarde Perseo combatió contra Dioniso en Argos y mató a Ariadna al petrificarla con la cabeza de Medusa o tras arrojar una lanza que iba dirigida a otro guerrero. En otros mitos Ariadna se ahorcó tras ser abandonada por Teseo. Sin embargo Dioniso descendió al Hades y la trajo de vuelta junto con su madre Sémele. Juntos se unieron entonces a los dioses del Olimpo. Ref: Wikipedia.

Escena de las brujas, de “La máscara de Queens”, de Ben Jonson, 1875

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Henry Fuseli; Escena de las brujas, de “La máscara de Queens”, de Ben Jonson, 1785. Óleo sobre lienzo, 762 cmx87,6 cm.Yale Center for British Art.

Percival liberando a Belisane del encantamiento de Urma

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Henry Fuseli; Percival liberando a Belisane del encantamiento de Urma; Óleo sobre lienzo, 991 cmx1.257 cm. Tate Britain.

En Percival liberando a Belisana del encantamiento de Urma (1785), el suizo contrapuso lo nórdico y lo mediterráneo. Hasta entonces la mitología nórdica era conocida pero despreciada, ahora el mundo gótico y nórdico viven en plena pujanza. Las figuras son, como siempre, alargadas, y sus gestos exacerbados; la escena es terrible y nocturna, presidida por la dualidad amor-muerte.

El sueño de Belinda, 1780-1790

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Henry Fuseli; El sueño de Belinda, 1780-1790. Óleo sobre lienzo, 100,5 × 125,5 cm. Vancouver Art Gallery

Por su parte, en El sueño de Belinda (1780-1790), el pintor toma a Shakespeare como fuente, al Shakespeare más mágico y nocturno. Incorpora extraños seres de apariencia fantasmal y adopta el muy romántico tema del sueño, representando figuras entre monstruosas e imaginarias surgidas de mitologías distintas a la clásica.

Belinda tumbada recuerda a las Venus dormidas, pero el sueño (estado de suspensión de la conciencia) lo identifica Füssli con la pesadilla, el tormento y lo sublime –ya decía Goya que producía monstruos.

Lady Macbeth Con Los Puñales, 1812

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Henry Fuseli; Lady Macbeth Con Los Puñales , 1812. Óleo sobre lienzo, 101,6 cmx127 cm. Tate Britain, Londres.

De 1812 data otra escena nocturna y fantasmagórica de Füssli basada en el Macbeth de Shakespeare. Lady Macbeth incita a su esposo a asesinar al rey, y él termina haciéndolo, pese a sus primeras dudas, antes de entrar en una espiral de enajenación y violencia. Aquí Lady Macbeth le pide que no haga ruido.

Lady Macbeth sonámbula, 1784

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Lady Macbeth sonámbula, 1784. Óleo sobre lienzo, 211x160cm. Museo del Louvre, París.

Los dramas de William Shakespeare fueron la fuente de inspiración más importante de Füssil en los inicios de su carrera. En esta obra presenta una escena del cuarto acto de Macbeth, con una acentuada teatralidad. Füssli pintó con frecuencia visiones fantasmales y terroríficas, con las que intentaba captar de forma expresiva el subconsciente humano.

Falstaff en la cesta de la ropa. 1792.

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Henry Fuseli; Falstaff en la cesta de la ropa, 1792. Óleo sobre lienzo, 137 × 170 cm. Kunsthaus de Zurich.

El Silencio, 1799-1801

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Henry Fuseli; El Silencio, 1799-1801; Óleo sobre lienzo, 63,5 × 51,5 cm . Kunsthaus, Zürich.

La Noche-Hag Visita las brujas  de Laponia, 1796

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La Noche-Hag Visita las brujas de Laponia, 1796

La visión de Catalina de Aragón,  1781

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La visión de Catalina de Aragón, 1781

La visión de Catalina de Aragón (RA 1781) es una pintura de historia se cree que está inspirado en Shakespeare Rey Enrique VIII, acto IV, escena II. En este momento de la obra, Katherine acaba de pedir a su asistente, Griffith para decirle sobre la muerte del cardenal Wolsey. Aunque Katherine detesta Wolsey por su gran ambición, su aceptación de sobornos de favores eclesiásticos, y sus acciones duplicidad, el elogio de Griffith ha hecho Katherine le deseamos la paz en el más allá. Después de su conversación con Griffith, Katherine se duerme y tiene una visión.

El sueño del pastor, 1793

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Henry Fuseli; El sueño del pastor, 1793. Óleo sobre lienzo, 154,5 cmx215,5 cm. Tate Britain .

Sin intercesión entre Satanás y la muerte, 1799-1780.

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John Henry Fuseli; Sin intercesión entre Satanás y la muerte, 1799-1800. Óleo sobre lienzo, 67,31 x 58,42 cm. Museo de Arte del Condado de Los Ángeles.

El juramento de Rütli (1780)

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Henry Fuseli, El juramento de Rütli (1780); Óleo sobre lienzo, 267 × 178 × 105,1 cm. Deutsch: Kunsthaus, Sammlung, Zürich.

En El juramento de Rütli (1780) reconstruye Füssli un episodio histórico de la Confederación Helvética, un tema de carácter nacional, elemento muy característico del Romanticismo. El género de la pintura de historia es el género mayor de la pintura occidental moderna, por la trascendencia tradicional de su contenido, protagonizado por figuras legendarias.

Un pintor tan moderno como Füssli lleva a cabo pinturas sublimes de ruinas o temas históricos nacionales como este empleando figuras de aspecto vigoroso y alargado características del Manierismo. Los cuerpos son exageradamente musculados y monumentales, de gran energía física. También es un rasgo manierista el espacio irracional: el fondo neutro que palpita con la luz que procede del fondo e impide ubicar racionalmente las figuras. Sabemos que nos encontramos en un exterior y en un paisaje, pero no lo vemos, no sabemos si la iluminación es natural o sobrenatural.

Vemos la obra de abajo arriba, como es propio, también, del Manierismo, lo que da un carácter aún más alargado a las figuras.

El episodio remite a una conspiración, un juramento con intención política (revolucionario, porque jurar había sido siempre un signo sagrado de consagración al martirio y aquí su intención es secular). Quien jura levanta los brazos en un lenguaje gestual que transforma, por tanto, signos de carácter religioso en signos paganos.

La obra refleja las ideas liberales de Füssli, por las que acabaría en el exilio.

El artista desesperado ante la grandeza de las ruinas antiguas (1778-80)

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Henry Füssli; El artista desesperado ante la grandeza de las ruinas antiguas (1778-80), 415 mm x355 mm. Kunsthaus, Zúrich.

En El artista desesperado ante los fragmentos de una ruina clásica (1770-1780) retrató con elocuencia a un artista desnudo, de gesto melancólico, que remite al Manierismo. A Füssli le interesó la desestabilización del Renacimiento en el s XVI con aquel movimiento, sus figuras alargadas y el inicio de la estilización.

Hacia los maestros manieristas volvió, por tanto, su mirada, fascinado por la irrealidad y la subjetividad que manejaron. Como ellos, él alargó y deformó sus figuras en esta obra cuyo dibujo podríamos calificar de manierista; el brazo y el pie del coloso son mucho más grandes que toda la figura del artista, aplastado por esa grandeza.

Se establece una proporción desigual, como en Los viajes de Gulliver de Dafoe. Cada bloque de piedra del muro solo concertaría con un gigante.

En aquellos años, Piranesi defendía la superioridad del arte romano sobre el griego y llevaba a cabo sus igualmente sublimes cárceles: la grandeza de la Antigüedad se convertía en algo mitológico.

La escena es aparentemente clásica, pero aquí el clasicismo se nos muestra convertido en algo inaccesible y monstruoso; la melancolía del artista procede de la grandeza de las ruinas, objeto de una exaltación elegíaca.

Thor golpeando la serpiente de Midgard 1790

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Henry Fuseli; Thor golpeando la serpiente de Midgard, 1790. Óleo sobre lienzo, 133 cm x 95,6 cm. Real Academia de Artes Colecciones , Londres.

En esta pintura, Fuseli se centró en el macho desnudo heroico, respondiendo tanto a las estipulaciones académicos, que dan prioridad a los expertos en el tratamiento de tales figuras, y el culto de primitivismo, que encontró su expresión a través de la re-evaluación de las fuentes literarias antiguas , particularmente fuerte en este periodo. Esta pintura fue el precursor en el trabajo de una serie de pinturas y dibujos que ilustran poetas nórdicos y leyendas de Fuseli.

Esta pintura de Fuseli fue el trabajo de Diploma, presentado a la Real Academia de las Artes por su elección como académico completo en 1790, en respuesta a la exigencia de que una vez elegido un académico real debe presentar una obra, representativa de su obra a la colección de la Academia. Esta pintura es un buen ejemplo de temas favoritos de Fuseli basado en la mitología de hadas sobrenatural y la superstición demoníaca. Se ilustra un episodio de las sagas de Islandia de la Edda anciano que se conoce en Inglaterra desde la traducción de PH Mallet de Thomas Percy Introducción a l’histoire du Dannemarc, (1755) publicado como Norte Antiquitie s en 1770 (II, p. 134ff.).

La Soledad en el amanecer 1794-1796

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Henry Fuseli; La Soledad en el amanecer 1794-1796.Óleo sobre lienzo, 95 × 102 cm. Deutsch: Kunsthaus, Zürich.

Desnudo echado mientras una mujer toca el piano (1800), Colección Ganz, Chicago.

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Henry Fuseli; Desnudo echado mientras una mujer toca el piano (1800), Colección Ganz, Chicago. Óleo sobre lienzo, 71 × 99 cm. Kunstmuseum de Basilea.

Perro semihundido: Francisco de Goya

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Francisco de Goya, Perro semihundido, 1820 – 1823. Técnica mixta, sobre revestimiento mural trasladado a lienzo, 131 x 79 cm. Museo del Prado.

La primera vez que vi este cuadro en el Museo del Prado, no sólo me sobrecogió, sino que me descubrió la experiencia única de sentir la belleza sin cuestionarme absolutamente nada sobre la intencionalidad, la técnica o el momento histórico y personal del autor cuando fue pintado. El cuadro se presentó a mí como un poema pintado –ut pictura poeieisis- que sin palabras decía todo sobre la vida y la muerte con sólo la mirada de este perro semihundido.

Obra premonitoria y anticipadora de tantos movimientos pictóricos posteriores y actuales, es considerada por historiadores del arte, críticos y artistas como una obra capital de la historia de la pintura de todos los tiempos.

En la referencia que se hace del cuadro en la WEB del Museo del Prado, encontramos lo siguiente:

<<El conjunto de catorce escenas al que pertenece esta obra se ha popularizado con el título de Pinturas Negras por el uso que en ellas se hizo de pigmentos oscuros y negros y, asimismo, por lo sombrío de los temas. Decoraron dos habitaciones, en las plantas baja y alta, de la conocida como Quinta del Sordo, casa de campo a las afueras de Madrid, junto al río Manzanares, conocida por ese nombre antes de su adquisición por Goya en 1819. Se conocen fotos del conjunto in situ, realizadas hacia 1873 por el fotógrafo francés Jean Laurent (1816-1886), y se incluyeron por primera vez en el catálogo del Museo del Prado de 1900. La casa fue derribada hacia 1909. Las Pinturas Negras se pintaron directamente sobre la pared seca, no al fresco, y en la mezcla de los pigmentos se utilizó el óleo. Con anterioridad, en algunos de los paños de los muros, en ambos pisos, hubo otras escenas de difícil interpretación, posiblemente paisajes de colorido claro con pequeñas figuras, puestas de manifiesto por las imágenes radiográficas tomadas en el Museo del Prado en 1983.

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Esta escena se tituló “Un perro”, en el inventario de las obras en propiedad del hijo de Goya, redactado en fecha indeterminada, a mediados del siglo XIX, por el pintor Antonio Brugada (1804-1863), que regresó a Madrid en 1832 del exilio en Burdeos. Se describió, y en este caso se ilustró, por primera vez, junto con el resto de las escenas, en la monografía de Charles Yriarte sobre el artista, de 1867, con el título de “Un perro luchando contra la corriente”. Decoraba una de las paredes laterales en la sala de la planta alta de la Quinta del Sordo, junto con una escena titulada “Dos brujas”, atribuida por Yriarte a Javier Goya, adquirida más adelante por el marqués de Salamanca y en la actualidad, no localizada. No la describe P. L. Imbert en su libro Espagne. Splendeurs et misères. Voyages artistique et pittoresque, de 1876, que visitó la Quinta en 1873, antes de su adquisición por el barón Émile d´Erlanger. En el catálogo del Prado de 1900, se le dio el título de “Perro semihundido”>>.

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Fotografía realizada por J. Laurent, hacia 1874, que muestra el estado de la obra antes de ser trasladada del muro de la Quinta del Sordo. Se puede observar un roquedal y unas posibles aves, a las que el perro dirige su mirada.

 

La colección de pinturas conocida como las “Pinturas Negras” de Goya son extremadamente expresivas; Goya nos transporta con estas obras a un universo de lo extraño, más allá de lo racional, a un mundo de brujas, de magia, de mitos…; La factura de esta colección de “pinturas negras” es brillantísima, audaz, absolutamente nuevas, y no siempre el significado de las obras nos ha llegado plenamente. Goya, sabemos que fue un hombre enigmático, fue siempre crítico con la historia y la sociedad que le tocó vivir, es por esta actitud personal y artística, por lo que se cree y así apuntan  los historiadores del arte, que la colección de la “Quinta del Sordo”, tenía una idea de conjunto, pero esta idea tan asumida, no ha llegado plenamente a la conciencia artística; Obras como el “Aquelarre”, o “Saturno devorando a sus hijos” poseen un carácter explícito que no poseen otras de la misma colección, y es el “Perro semihundido” un ejemplo de ello que son absolutamente enigmáticas, con significado desconocido para nosotros.

Considerada como una de las obras más elegantes de su conjunto, el resto de las obras pueden considerarse bellas dentro de la frialdad que transmiten, la cabeza de este perro es especialmente brillantísima, de una impecable elegancia, si se permite este término para caracterizar una pintura o un detalle de ella. Pero ¿Qué significa la cabeza de este perro asomado a un acantilado o semihundido, enterrado en la arena? No se sabe, pero qué más da, quizá no todo en arte debe ser explicable. El historiador del arte Ernst H. Gombrich, nos dice que Goya creaba, quizá, simplemente imágenes como haciendo poemas.

Desde la perspectiva actual, este cuadro si nos presenta un abanico inmenso de consideraciones teóricas como motor de las tendencias y creaciones estéticas que han surgido después de Goya. La sabia ambigüedad de este cuadro de Goya, nos lleva a múltiples consideraciones sobre su influencia en las creatividades pictóricas que le suceden. Así, podría considerarse como el primer cuadro “Simbolista”, antes de ser creado este movimiento a finales del siglo XIX. Este cuadro de Goya, ilustra completamente todos los conceptos del simbolismo pictórico y poético. Como ejemplo, basta poner de manifiesto la enorme influencia de Goya en Odilon Redon (1840–1916), (quizá el más puro de los simbolistas representa lo mágico, lo visionario y lo fabuloso. ver en este blog). Su influencia como decimos es muy concreta; el gusto común de ambos por lo extraordinario une de manera casi explícita la obra de Odilon Redon a la obra de Goya. Un ejemplo nítido puede considerarse “El ojo como un globo extraño se dirige hacia el infinito”, metáfora dedicada a Edgar Allan Poe.

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Odilon Redon; El ojo como un globo extraño se dirige hacia el infinito”, metáfora dedicada a Edgar Allan Poe.

Otra de las múltiples lecturas que puede tener este cuadro es la de su composición; puede considerarse -basta hacer abstracción de la cabeza- una composición típicamente tapiana.

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Incluso podemos ver también  los paisajes brumosos, atmosféricos y misteriosos de Turner.

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J.M.W. Turner, 1840. Puesta de sol sobre un lago. 107x138cm. Tate Collection, Londres.

En cualquier caso, y dejando de un lado las variadas interpretaciones que podemos hacer de esta obra, cabe decir que se trata de un cuadro para soñar, y ocurre con él como con las manchas en los muros viejos, o las formaciones de nubes, donde uno puede ver en cada momento una nueva imagen, puede sentir una nueva sensación estética, una nueva fantasía. Se han hecho innumerables homenajes pictóricos a este cuadro, desde el descrito anteriormente de Odilon Redon, pasando por Bacon, Saura y una pléyade de aristas que reconocen en esta obra un icono de la creatividad más absoluta e indispensable para entender el arte moderno y contemporáneo. En definitiva una obra maestra.

 

 

Harry Wilson Watrous (Un referente de la moda del siglo XX)

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Harry Wilson Watrous (American, 1857-1940). Sólo un par de chicas, 1915. Óleo sobre lienzo, (107 x 132,1 cm). Museo de Brooklyn.

Watrous nació en San Francisco en 1857 y pasó su infancia en Nueva York, donde recibió sus primeras lecciones de dibujo. Después de permanecer en California en 1881, viajó a través de Marruecos y el sur de España, donde permaneció por un tiempo en Málaga. Luego se trasladó a París y estudió en la Académie Julian. Sus primeros trabajos fueron fuertemente influenciados por Jean-Louis-Ernest Meissonier. Allí conoció el incipiente mundo de la moda que luchaba por abandonar la condición de artesanía para pasar a incluirse a la categoría de arte, lucha que aún hoy posee reticencias.

ap12.105.3 (2) Harry W. Watrous (1857-1940), El paso del verano, 1912. Óleo sobre lienzo, 91,9 x 76,2 cm. Museo Metropolitano de Nueva York. Cuando el Museo Metropolitano adquirió esta pintura, el artista explicó que en el otoño de 1911 se encontró con esta mujer mujer sentada sola en una mesa de un restaurante francés. Watrous le preguntó: “Esperando al príncipe azul?” Su respuesta fue parca y melancólica: “No, ya pasó el verano.” Esta obra alude así a la fugacidad de la juventud y la belleza y la pérdida de oportunidades.


La pintura de Watrous pasó por distintos periodos, condicionado por su pérdida de vista (Como otros grandes pintores) murió en la ceguera; pintando desde un estilo académico sofisticado, hasta llegar a grandes bocetos con atisbos y señales inequívocas de un modernismo importado de Europa. El simplicismo de sus retratos (Bocetos que podrían ser perfectos patrones de la moda del París de la Primera Posguerra) lo llevan a un sintetismo modernista y simplificador, especialmente en su modelo de mujer, que triunfó de manera inesperada especialmente entre los/las “gurus” del mundo de la moda que se encontraron con un modelo femenino perfectamente adaptable a los nuevos tiempos de la modernidad surgida, como hemos dicho, tras la primera posguerra. En las claves de su Modernismo, encontramos en sus obras  de género una gran atención a los trajes y los interiores, a la línea, al contorno acompañados de un cierto simbolismo, aves, cajas de música, insectos.

Watrous,-Sophistication-THM0469---] Harry Wilson Watrous (1857-1940), Sofisticación, 1908. Óleo sobre lienzo, 28 1/4 x 24 ¼ (Pulgadas). Sala de Haggin. El sombrero de plumas complementa su fina silueta, al igual que la silla elegante, mientras que las pinturas casi primitivas en la pared detrás de ella actúan como una lámina ingeniosa. Esta mujer fatal fresca es la forma de realización de la ociosidad de la clase alta que se describe de manera tan elocuente en las novelas de Edith Wharton. Ella se sienta tranquilamente fumando un cigarrillo y esperando a quien sabe nadie. El título que Watrous dio a esta pintura para su exhibición en la Academia de Diseño de la Nación en 1908 – Una taza de té, un cigarrillo, y Ella – parece implicar la presencia de un admirador masculino invisible. Esto es, por supuesto, una paráfrasis inteligente y moderna de las famosas líneas del Rubaiyat de Omar Khayyam, “un jarro de vino, una barra de pan -. Y tú” Esta pintura está tan implicada de Modernismo como Watrous se atrevió a ser. Las serpenteantes líneas modernistas de la figura, el sombrero, y una silla son recordatorios inevitables de los diseños de carteles de su antiguo compañero de clase, Toulouse-Lautrec, especialmente su Divan Japonais de 1892. Mientras Watrous acepta algunos de los principios de diseño de inspiración japonesa, que los llevó y adaptó a sus propias técnicas más académicas. Su método de trabajo también ayuda a explicar el sorprendente resultado. En lugar de comenzar con un dibujo de la vida de un modelo, que sería un simple dibujo de la figura, evidentemente, para trabajar fuera de la composición. Él tendría que plantear su modelo de acuerdo a su dibujo.


En 1904 ganó una medalla de oro en la Feria Mundial de San Luis. De 1905 a 1918, y se  especializa y ubica en el estilo Modernista definitivamente; retratos casi simplistas que se harían famosos en la incipiente industria de la moda parisina. Entre 1918 y 1923 cambió su enfoque e hizo algunos paisajes, con gran atención a los contrastes de luz y la composición. Después de 1923, se concentra principalmente en la pintura de bodegones con objetos decorativos, a menudo de la antigüedad y de su extraordinaria colección privada de objetos que recogió a lo largo de sus viajes. En toda su temática, cabe destacar, sin embargo, que siempre se mantuvo fiel a su estilo preciso, pulido, academicista, con un fuerte énfasis en la simplicidad, en lo clásico.

Watrous_discussion Harry Wilson Watrous (1857–1940), Confidencias, 1900. Óleo sobre lienzo.


Harry-watrous-the-broken-vase Harry Wilson Watrous (1857–1940), El jarrón roto, 1900. Óleo sobre lienzo.


lpa574_hwwatrous08 (1) Harry Wilson Watrous (1857–1940), The Dregs. 1900. Óleo sobre lienzo.


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Después de su muerte (Nueva York 1940) Watrous fue ignorado por la crítica, pero al final del siglo XX, el interés en su trabajo (mundo de la moda) toma de nuevo un interés inusitado, un nuevo renacer de su oba. Aunque su pintura pasó entre la crítica -como acabamos de decir- carente de valor intrínseco, a finales del siglo XX volvió a valorarse pues algunos de sus lienzos sirvieron de presentación de desfiles de modelos de una casa de alta costura de Paris, lo que de inmediato suscitó el interés por las obras, que, dada la baja producción y escasez de su obra, se revalorizaron inmediatamente. Su obra se puede ver entre otros en el Museo de Brooklyn, el Museo de la Academia Nacional de Diseño y el Museo Metropolitano de Arte en Nueva York.

American Vogue 2009Portada de American Vogue 2009, inspirada en un boceto de Watrous.


 

Las Bailarinas de Degas

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Dos Bailarinas, entre 1878- 1880. Pastel. Colección Privada.

“La finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no el copiar su apariencia”. Aristóteles.

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Edgar Degas, “Bailarina ajustándose la zapatilla”, 1887. Pastel sobre papel, Frederick Iseman Art Trust.

-Preliminares-

El impresionismo, la fotografía y la estampa coloreada japonesa.

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Boulevard Montmartre en una mañana nublada es una pintura impresionista realizada por el artista Camille Pisarro. Los impresionistas buscaron ante todo analizar los efectos de la luz y el tiempo atmosférico sobre los paisajes. Pisarro realizó una serie de obras sobre esta misma calle bajo distintas condiciones: nublado, lluvioso, por la mañana, por la tarde…Esta pintura fue realizada en 1897. Las figuras en esta obra son secundarias y nos muestran los quehaceres cotidianos del París de finales del siglo XIX. El punto de vista del espectador es elevado, como si estuviese situado en el primer piso de una de las casas de aquella calle. La pincelada es suelta y abocetada. La obra se puede ver en la Galería Nacional de Victoria, en Melbourne, Australia.

Ante un cuadro como el de la siguiente ilustración, en el cual Camille Pisarro evocó la impresión de un bulevar de París a pleno sol, el público en general se preguntaría: ¿Es que yo aparezco así al pasear por el bulevar? ¿Es que pierdo mis piernas, mis ojos, mi nariz…y me convierto en una especie de bulto informe? Con esta actitud, el conocimiento de lo que “pertenecía” a un hombre se interponía entre su juicio y lo que vemos realmente.

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Camille Pisarro (1830-1903), Mañana soleada en el boulevard des italiens, 1897. Óleo sobre lienzo, 73,2×92,1 cms. Colección Chester Dale; Galería Nacional de Arte, Washington.

Tuvo que pasar algún tiempo para que el público aprendiera a ver un cuadro impresionista retrocediendo algunos metros y disfrutando del milagro de ver esas manchas embrolladas colocarse súbitamente en su sitio y adquirir vida ante nuestros

ojos. Conseguir este milagro y transferir la verdadera experiencia visual del pintor al espectador fue el verdadero propósito de los impresionistas.

Tal vez no hubieran conseguido este propósito, si no hubiera sido por dos aliados que contribuyeron a que los hombres del siglo XIX vieran el mundo con ojos distintos. Uno de estos aliados fue la fotografía. La evolución de la cámara portátil y de la instantánea comenzó hacia los mismos años que vieron la aparición de la pintura impresionista. La cámara ayudó a descubrir el encanto de las vistas fortuitas y los ángulos inesperados.

La fotografía estimuló a los impresionistas para elaborar audaces composiciones, como figuras en contrapicado, o escenas incompletas (como en grabados japoneses) que ayudaban a crear el efecto de inmersión del espectador en la escena, dando la sensación de que el cuadro se extendía más allá de los límites del marco, dentro de la vida misma del espectador. Este recorte del encuadre dejando abierto e incompleto el primer plano se denomina «desbordamiento del primer plano», y era un recurso muy utilizado por Degas.

Edmond Duranty en La nouvelle peinture fue el primero que comparó determinadas pinturas de Degas con la fotografía. Con una salvedad importantísima: las poses delante del fotógrafo carecen de acción y de vida, lo que no ocurre en las pinturas de Degas. El escultor Rodin lo dirá también por esa época: las fotografías muestran el raro aspecto de un hombre que, de repente, ha quedado paralizado. El artista sí que es veraz, y puede producir la impresión de un gesto que se lleva a cabo en varios instantes; la fotografía miente, pues en la realidad el tiempo nunca se detiene. Pese a todo, Duranty anima a los artistas a dejarse tentar por los descubrimientos científicos y les asegura que éstos iban a cambiar radicalmente su visión de la realidad. Degas comparte enteramente el pensamiento del crítico.

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Después del baño, prueba de bromuro realizada por Degas.
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Edgar Degas, Después Del Baño, 1896. Óleo sobre lienzo, Philadelphia Museum of Art, Filadelfia, PA, EE.UU.

En este ejemplo destaca la provocadora pose de la mujer, como si Degas hubiera atendido a los consejos de Duranty, sobre las cualidades expresivas de esta vista de espaldas.

Cada vez se hace más difícil encontrar los justos términos que establezcan de manera correcta las relaciones entre la pintura y la fotografía. Ambas tienen dos puntos en común: la mirada y la superficie plana, es decir, un espacio que ya no es el de la vida.

Otro ejemplo lo tenemos en la siguiente lámina:

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Edgar Degas, Bailarina basculando (Bailarina verde), (1877-1879). Pastel y gouache sobre papel. 64 x 36 cms. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.

Degas nos introduce en esta pintura en el mundo del ballet que tanto le interesaba. Una vista del escenario, con varias bailarinas en plena representación, es captada desde uno de los palcos laterales en alto. Sólo una de ellas se muestra de cuerpo entero, en un complicado y rápido giro. Las demás están cortadas y el resto de sus figuras quedan a nuestra libre imaginación. Delante del decorado de paisaje, varias bailarinas de naranja esperan su turno de actuación. Por el influjo de la fotografía y de los grabados japoneses, Degas crea un espacio pictórico descentrado y truncado. Para él la realidad, transitoria e incompleta, debía ser plasmada de forma fragmentaria. La fugacidad de la acción es captada con los trazos rápidos de la técnica del pastel, que el pintor aplica con gran virtuosismo.

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Edgar Degas, “Bailarina ajustándose las zapatillas”, 1885. 18 3/4 x 23 1/2 inches. Dixon Gallery and Garden. Menphis. EEUU.
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Edgar Degas, “Bailarina en verde”, 1883. Pastel sobre papel, (71 x 37.9cm). Met. NY.

Así, este invento propició que los artistas se vieran impulsados incesantemente a explorar regiones a las que la fotografía no podía seguirles. En efecto, el arte moderno no habría llegado a lo que es sin el choque de la pintura con la fotografía.

Pensemos por último, que Impresionismo y Fotografía comparten el concepto equivalente de instantaneidad, como idea de captar un momento determinado, un instante fugaz, ya sea de luz, tiempo o acción; y que también será la cámara la que introduzca al pintor en la idea de secuenciación y series.

Degas, paradigma de esta nueva visión en la pintura, generará ulteriores tendencias postimpresionistas, (o deberíamos decir post-degasianos), colindantes con el nuevo siglo XX, que potenciarán el empleo de la fotografía como medio, desde los “navis”, simbolistas y modernistas, hasta el expresionismo.

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Edgar Degas (francés, 1834-1917), “Friso de bailarinas”, c. 1895. Óleo sobre tela, 70.00 x200.50 cm. The Cleveland Museum of Art. Regalo del Fondo Hanna.

El segundo aliado que los impresionistas encontraron en su atrevida persecución de nuevos temas y nuevos esquemas de color fue la estampa coloreada japonesa.

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El arte en Japón se desarrolló por influjo del arte chino y continuó dentro de sus mismas líneas durante casi un milenio. Ya en el siglo XVIII comienzan a establecerse las primeras conexiones comerciales entre Japón y Europa y con ellas, quizá bajo el influjo de grabados europeos, los artistas japoneses abandonaron los temas tradicionales del arte chino y eligieron escenas de la vida popular como tema para sus grabados en madera coloreados, en los que aparecen conciliados una gran audacia de concepción y una maestría técnica perfecta.

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Katsushika Hokusai, “La gran ola de Kanagawa”, de la serie Treinta y seis vistas del monte Fuji. Tokio (Edo) 1760-1849, entre 1830-1832. Grabado en madera policromada; tinta y color en el papel, (25,7 x 37,9 cm). La composición de este impresionante grabado en madera, dice que inspiró La Mer de Debussy (el mar) y de Rilke Der Berg (La Montaña), se considera como un icono del arte mundial. Hokusai hábilmente juega con la perspectiva de hacer más grandioso la montaña de Japón que aparece como un pequeño montículo triangular dentro del hueco en la cresta de la ola. El artista se hizo famoso por sus paisajes creados usando una paleta de índigo y azul de Prusia importados.

Una de las consecuencias que tuvo esta apertura comercial de Japón sobre el mundo del arte fue la llegada y popularización de las estampas japonesas. Desde Millet o Theodore Rousseau hasta Degas o Van Gogh coleccionaban apasionadamente estas estampas del ukiyo-e. La palabra ukiyo significaba «mundo flotante» en japonés, y el sufijo «e» equivale a «pintura».

Aquí hallaron una tradición no corrompida por aquellas reglas académicas de las que se esforzaban en zafarse los pintores franceses. Los japoneses tuvieron preferencias por las representaciones de aspectos insólitos y espontáneos del mundo. Su maestro Katsushika Hokusai (1760-1849), representaría el monte Fuji visto como por casualidad detrás de una cisterna de bambú, O visto al fondo entre las crestas de las olas en “la gran ola de Kanagawa”.

Utamaro (1753-1806) no titubeó en mostrar algunas de sus figuras cortadas por el margen del grabado o por una cortina.

Fue ese atrevido desdén de una regla elemental de la pintura europea lo que sugestionó a los impresionistas.

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Kitagawa Utamaro, “Subiendo una persiana para admirar la flor del ciruelo”, finales de la década de 1790. Grabado, 19,7×50,8 cms.
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Katsushika Hokusai, “El monte Fuji asomando tras una cisterna”, 1835. Grabado de la serie Cien vistas del monte Fuji, 22,6×15,5 cms.

El pintor más profundamente impresionado por estas posibilidades fue Edgar Degas (1834-1917). Degas era algo mayor que Monet y Renoir; perteneció a generación de Manet y, como él, se mantuvo un tanto apartado del grupo impresionista, aunque simpatizó con la mayoría de sus propósitos.

La Mirada de Edgar Degas

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Autorretrato fotográfico de Edgar Degas, pintor francés, Gelatina de plata. 4 11/16 pulg. X 6 9/16 in. Harvard Art Museum.

Degas se interesó apasionadamente por el diseño y por el dibujo –sintió gran admiración por Ingres-, fue, podríamos decir un “obseso” de la búsqueda del espacio, la solidez y los ángulos más insospechados.

Por este motivo es por lo que le gustó ir a buscar sus temas en los sitios cerrados más que en la naturaleza como hacían la mayoría de los impresionistas.

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“Las Bailarinas Azules”, Cuatro bailarinas entre bastidores. 1898. Pastel, 66 x 67 cm. Museo Puschkin. Moscú.

Amante de la ópera y del ballet, era un asiduo del Teatro de la Ópera de París, donde tenía acceso a los ensayos, clases, etc. Observando los ensayos y las clases de ballet, Degas tuvo ocasión de ver cuerpos en todas las actitudes y desde todos los ángulos. Mirando el escenario desde arriba, vería a las muchachas danzar, o descansar, y estudiaría los escorzos difíciles y los efectos de la luz de las candilejas en el modelado de la forma humana. La ilustración siguiente muestra uno de los apuntes al pastel de Degas. La composición acaso no resulte muy natural en apariencia. De una de las bailarinas sólo vemos las piernas; de otras, el cuerpo solamente. Una sola figura está vista por completo, y, aun así, en una postura intrincada y difícil de examinar. La vemos desde arriba, con la cabeza hacia adelante y con la mano izquierda sujetándose el tobillo, en un estado de relajamiento. No existe nada anecdótico en los cuadros de Degas; a él no le interesaron las bailarinas porque fueran muchachas bonitas, ni parece que se preocupara por sus estados de ánimo, ya que las observaba con la misma desinteresada objetividad con que contemplaron los impresionistas los paisajes en torno a ellos. Lo que le importaba era el juego de la luz y las sombras sobre las formas humanas, y ver de qué manera podía sugerir el movimiento o el espacio. Demostró al mundo académico que los nuevos principios de los artistas jóvenes, lejos de ser incompatibles con el dibujo perfecto, planteaban nuevos problemas que sólo el más consumado maestro en el dibujo podría resolver.

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Edgar Degas, “Esperando la entrada”, 1879. Pastel sobre papel, 99,8×119,9 cms. Colección particular.

El pintor de la mirada moderna

Se suele considerar “Mujer mirando con gemelos” (1875/6), óleo sobre cartón (Siguiente lámina) como un estudio para integrar posteriormente en alguna composición. Degas prestó especial atención al problema de la visión, con lo que bien pudo expresar con esta representación únicamente el acto de mirar.

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Ante esta mujer que se esconde tras la aparente máscara de los prismáticos, todo aquel que mira se siente a su vez potente y directamente observado. Inquisitorialmente mirado, dado el  aumento del instrumento óptico que utiliza la dama. Al primero que devolvió esa mirada directa y frontal fue a Degas. Segura, apoya la mano en el codo y observa, observa. En el otro extremo del espectro situaríamos a Estelle Musson, su cuñada invidente, a quien Degas sigue con la mirada, un poco premonitoriamente (Degas, acabó sus días acompañado de la ceguera) empática, hacia algún lugar vacío, indiferente.

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Degas, Edgar, “Madame René de gas”, 1872/1873. Óleo sobre lienzo, 72,9 x 92 cm. National Gallery of Art, Washington.

Tantas miradas

Alguien dijo que Degas era realmente una mirada que sólo quería seguir siendo mirada. Degas parece insistir en el hecho de que la mirada está cargada de significado y así enfatiza la diversidad de nuestros modos de ver. Sabe de la diferencia entre el acto de escrutar y la visión momentánea, fugaz. Mira a sus modelos de manera distinta. Cuando los mira de cerca, directamente a los ojos, sabe que está estableciendo con ellos una equivalencia de status. Miran al pintor Hortense Valpinçon, la pequeña Bellelli, la mujer de El enfado; muchos hombres, sin embargo, están ensimismados, más pensativos, tinen la mirada perdida. Pero el que tiene la mirada perdida también mira, contempla, recuerda y piensa; así, Duranty y Diego Martelli, también Rouart, Manet y Jeanteaud, Linet y Lainé. Mira absorta Mary Cassat en el museo y alguna otra mujer en el Louvre; son miradas que no se dirigen a la vida, sino al arte, miradas que por eso nos reenvían a la de Degas, siempre atento a los paisajes del arte. Describe la mirada interrogadora de la prostituta y la respuesta confundida del cliente. Mira Degas los ensayos en el Foyer de la danza, entre bastidores; es espectador en el café concierto y en la ópera, mira en el Ballet de Robert le Diable a alguien que en el centro desvía la atención del escenario y la dirige hacia no se sabe qué lugar, hacia arriba, hacia la izquierda, hacia donde el espectador con prismáticos mira. Mira las escenas que previamente compone la pareja de L’Absinthe, El enfado, La Viol. Observa como un cazador de actitudes a las planchadoras y a las mujeres en casa de la modista que se miran unas a otras; mira también a la dama que se mira en el espejo. Y mira, sobre todo, como por el ojo de una cerradura, a tantas y tantas mujeres que se asean. Degas confiesa no haber inventado nada: sólo había que mirar. Y, sin embargo, reconoce haberse acercado a numerosos métodos de ver.

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Edgar Degas, “Mujer ante el espejo”, 1899. Pastel sobre papel, 49 x 64 cm. Kunsthalle de Hamburgo.

<<Pocos hombres están dotados de la facultad de ver; son menos aún los que poseen el poder de expresar. Ahora, a la hora en los que los demás duermen, este se inclina sobre su mesa, clavando en una hoja de papel la misma mirada que fijaba hace poco en las cosas, esforzándose con su lápiz, su pluma, su pincel, salpicando el techo con el agua del vaso, secando su pluma con su camisa, impaciente, violento, activo, como si temiera que las imágenes se le fueran a escapar, belicoso aunque solo, y zarandeándose a sí mismo. Y las cosas renacen en el papel, naturales y más que naturales, bellas y más que bellas, singulares y dotadas de una vida entusiasta como el alma del autor. >> Párrafo del capítulo III del “Pintor de la vida moderna”  C. Baudelaire, que leído en este contexto, cada una de las frases lleva un eco de Degas.

Una de sus miradas: Las bailarinas

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Edgar Degas (1834-1917), “Bailarinas”, Pastel (1884 – 1885), 750 mmx730 mm. Museo de Orsay. Paris.

De entre todas las miradas que abarca la obra pictórica de Degas – hombres, retratos, caballos, pasajes de la vida cotidiana…- hay una mirada que puede decirse obsesiva en ella: la mirada a la mujer, que pudiera resumirse en dos amplísimas líneas temáticas, de una parte el desnudo (Las bañistas) y, de otra que será la que presento en esta publicación, las bailarinas.

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Edgar Degas, Retrato de la señorita Fiocre en el ballet “La Source”, entre 1867-1868. Óleo sobre lienzo. Museo de Brooklyn. NY.

En su querido París, Degas lee, pasea, asiste a tertulias, a algún café concierto, al teatro también. Pero la Ópera estaba por encima de todo. Según testimonio de una conocida cantante, el pintor no se contenta únicamente con la música sinfónica: a Degas le hacían falta palabras que pudiera comprender, piernas que pudiera mirar, inflexiones humanas, una fisonomía que le conmoviera y le interesara, en fin, actitudes que fueran para él complemento de la frase melódica. En la ópera está en su elemento.

Tratándose de Degas y conociendo su tendencia a la repetición, no es de sorprender que entre 1885 y 1892 haya asistido a treinta y siete representaciones del Sigurd de Reyer, a quince del Rigoletto de Verdi, treces veces al ballet Copellia de Delibes, doce el Guillermo Tell de Rossini, etc… Sólo dos veces asiste a una representación de Wagner, a quien no podía soportar, y ello seguramente por la interpretación de su querida Rose Caron, la cantante ala que le había dedicado un poema y realizado un retrato.

Una de estas obras anuncia premonitoriamente toda la temática del ballet. Se trata del retrato de Mlle. Eugénie Fiocre (Lámina anterior); allí, insólitamente ubicadas, como dejadas deliberadamente entre las patas del caballo, aparecen unas zapatillas de ballet rosas. Seguidor de Courbet en el paisaje realista, en absoluto exótico como demandaba el libreto, contrasta contra él una escena que nada tiene que ver con la realidad pues representa, tal como se refleja en el agua y en el vaporoso estudio de los ropajes y actitudes, todo el hechizo de la representación.

Eran frecuentes en otros pintores las vistas panorámicas de los espectáculos, en Menzel, por ejemplo. Pero Degas elige nuevas estrategias visuales, como ocurre en La orquesta de la ópera.

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Edgar Degas (1834-1917), “La Orquesta de la Ópera”, alrededor de 1870. Óleo sobre lienzo, 56,5 × 45 cm. Museo de Orsay.

En este cuadro aparecen las primeras bailarinas como fondo, alto fondo, de lo que se puede considerar peculiar retrato que le hace a su amigo Desiré Dihau, bajo de la Ópera. El músico aparece rodeado de cabezas e instrumentos, bustos idénticos, vestidos de negro, el violoncelista Louis Marie Pilet, el tenor español Lorenzo Pagans, también músicos ficticios, algunos familiares y amigos de Degas. Todos ellos contrastan con el fondo de bailarinas, sólo cuerpos, piernas, colores decapitados. Esta obra rompe con la pintura de historia y anuncia su fama como pintor de bailarinas. El foso que aparece ahora en primer plano, pasará poco a poco a no ser más que una franja, una referencia necesaria para el punto de vista. Los músicos tocan imperturbables, ajenos a lo que está pasando en el hechizo del escenario.

Dos mundos que se ignoran y que van a cobrar similar importancia en otro cuadro, Músicos en la orquesta. Como es habitual en él, decide ampliar este óleo sobre lienzo con una banda, para darle mayor espacio a las bailarinas.

Su modernidad consiste en el hiato de esos dos mundos. La estrella saluda, ellos descansan con los ojos en la partitura, prestos a retomarla. El punto de vista, la diferencia de escala, las iluminaciones, todo da la réplica.

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Edgar Degas (1834-1917), “Músicos de la orquesta”, entre 1872/1876. 49 x69 cm. Galerie Städel.. Francfort.

Pero aquellas bailarinas que aparecían como fondo de La orquesta de la Ópera cobran realmente importancia en las escenas de repetición del ballet, en tres cuadros sucesivos de los que se conservan unos veinte dibujos, testigos de la compleja génesis de la composición. El óleo sobre lienzo Repetición de un ballet en el escenario (hacia 1874, Paris, Orsay) única grisalla en la producción de Degas, la del Metropolitan de Nueva York, también de 1874, pintura a la esencia con toques de acuarela y pastel sobre dibujo a la pluma y papel aplicado sobre el lienzo, 54,3 x 73 cm.  y La repetición sobre el escenario, hacia 1874 también en el Metropolitan, pastel sobre dibujo a la pluma y papel pegado sobre bristol aplicado sobre tela, 53,3 x 72,4 cm. Más libre, por lo que se ha pensado en él como la última versión de una posible suite.

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Edgar Degas (1834–1917), “Répétition d’un ballet sur la scène”, 1874. Oil on canvas, grisalla. 650 mmx 810 mm. Musée d’Orsay.
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Repetición de un ballet en el escenario en el Metropolitan NY. Referidos anteriormente.
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Repetición de un ballet en el escenario en el Metropolitan NY. Referidos anteriormente.

El pastel sobre papel En el ballet (En el teatro), es uno de los más atrevidos primeros planos de Degas. Tanto es así que se debe suponer un espectador detrás de la dama del abanico, sobre la barra en diagonal que separa la platea del mundo de las bailarinas.

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Edgar Degas, “En El Ballet”, 1880- 1881, Pastel sobre papel. Colección privada. Francia.
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Edgar Degas, “Bailarina con ramo”, 1877. Técnica mixta sobre lienzo, 67 × 38 cm. Museo de Orsay.

Partiendo de esta mirada, tan poco convencional, se puede establecer u juego con una hipotética cámara en la mano que recorrería el teatro desde todos los puntos de vista. Virtuales espectadores, sobre un espacio virtual, comenzamos por La orquesta de la Ópera, donde sólo llegamos a ver los pies de las bailarinas, ascendemos hasta el cuerpo entero de Músicos en la orquesta. Variando de posición llegamos a las Repeticiones de un ballet en el escenario, subimos al palco para ver a la bailarina del ramo de flores y bajamos rápidamente, a esperarla en otra toma, Bailarina con ramo de flores saludando (Hacia 1877, Orsay, Paris), en un contrapicado, al lado del apuntador, temiendo, como la generación que admiró en su momento el realismo de la escena, que se precipite encima de nosotros. Allí, en primer término, experimentamos al observar el rostro de La estrella (hacia 1876-77, Orsay, París), como si el de na máscara japonesa se tratara, el tipo de iluminación artificial, cuyos efectos tanto buscaba Degas: Ud. Ya no necesita ir a la ópera después de haber visto estos pasteles, diría un crítico tras la exposición de 1877.

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Edgar Degas, “La estrella, con un ramo, saludando”, 1877. Pintura de género en colores pastel. Museo de Orsay.

Pero muy pocas escenas de ballet representan espectáculos reales. La única representación literal parece ser El ballet de Robert le Diable (Hacia 1871-72, Metropolitan NY). A Degas le entusiasmaba el decorado romántico de la ópera de Meyerbeer, que había permanecido cuarenta años con el mismo poder de seducción. Al lado de los bocetos y dibujos, Degas había hecho anotaciones sobre los juegos de iluminación, el flou de las apariciones, la luna, las lámparas, la bóveda y los efectos de claro-oscuro…

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Edgar Degas, “El ballet de “Roberto el Diablo”, 1871. Óleo sobre lienzo, 26 x 21 3/8 pulg. (66 x 54,3 cm). Met. NY.

Robert le Diable, de Meyerbeer, fue uno de los espectáculos más representados en la Opera de París, realizándose 758 actuaciones a lo largo del siglo, siendo la última el 28 de agosto de 1893. Su escenografía era de las más sobresalientes al representarse algunas escenas en los claustros de un convento como vemos en la imagen. Degas se sitúa en el patio de butacas y coloca delante de nosotros a varios espectadores para integrarnos en la actuación. Los miembros de la orquesta ocupan la fila inmediata a los hombres que tenemos delante por lo que ocuparíamos la segunda fila. Uno de esos hombres se olvida de la representación para mirar con sus anteojos a los palcos, mientras otro vuelve su cabeza hacia nosotros en actitud de reproche. De esta forma el artista se muestra más preocupado por ofrecernos el ambiente que rodea al espectáculo que la actuación en sí. Las tonalidades negras de los trajes, reforzadas por la oscuridad de la sala, se adueñan de la composición en la que destaca la pincelada rápida sin olvidar el dibujo, características habituales en la obra de Degas.

Pero Degas no había quedado prendado únicamente por la fantasmagoría del espectáculo, una vez más lo que le llamó  poderosamente la atención fue el contraste entre éste y el espacio de los músicos y los espectadores.

En el Foyer

No es casualidad que en 1870 aparezca, Madame Cardinal, el primer volumen de Ludovic Halévy sobre la famille Cardinal. Las protagonistas son dos bailarinas de la ópera, Pauline y Virginie Cardinal. En 1871 se publica Monsieur Cardinal; ese mismo año Degas pinta Clase de danza (Hacia 1871, Metropolitan NY). El primer cuadro sobre ejercicios de bailarinas.

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Edgar Degas, “La clase de baile”, 1871. Óleo sobre madera, 19,7 x 27 cm. Met. NY.

Es un cuadro de pequeñas dimensiones de textura lisa, muy bien repartida, grasa pero sin espesor, con una iluminación que recuerda algunas composiciones de interiores flamencos u holandeses. En seguida encontró comprador, Durand-Ruel consigue venderla ese mismo año. A partir de entonces el éxito estuvo asegurado: Degas se había convertido en lo que a la larga sería una lacra para él, en el pintor de las bailarinas. Es como si Degas, animado por la buena acogida del anterior cuadro, aumentara ahora el formato (32×46), introdujera a un famoso, el bailarín y maître de ballet, Louis-Alexandre Mèrante (1828-1887) y eligiera un lugar más digno del Foyer de la Ópera: la sala con pilastras, friso de mármol y un nicho que enmarca el enorme espejo. Entre el blanco y el dorado destacan los pequeños toques en negro y otros más vibrantes de rojo y amarillo.

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Edgar Degas, “Clase de danza en la Opera”,1872. Óleo sobre lienzo, 32x46cm. Museo de Orsay.

Cuando Degas consigue el libre acceso al Foyer, es cuando comienza su dedicación plena a las bailarinas. En la década de los setenta y ochenta pinta sus bailarinas en el escenario. Por esos mismos años realiza también sus clases y sus exámenes de baile, donde se mezclan las bailarinas con sus madres, Bailarinas en sus toillet, exámenes de baile. Poco a poco aparecen poses aisladas en pasteles, dibujos y esculturas; Bailarinas en la barra, sentadas en una banqueta, atándose las zapatillas, mirándose la planta del pie, en reposo, ensayando el primer tiempo de un arabesque, el segundo, el tercero… Toda esta preocupación por los gestos y las actitudes de las bailarinas culmina en su última época con las series y repetición.

Edgar Degas - La classe de ballet (1880)
La lección de Ballet, hacia 1881. Óleo sobre lienzo, 81,6×76,5cm. Filadelfia, Museum of Art.

En esta obra, muchas de las bailarinas de Degas han perdido su aura. Realizan un trabajo asalariado, un aburrido trabajo mecánico, Las madres deben estar siempre pendientes de que sus hijas no se agoten. La condición social de estas pequeñas esforzadas viene subrayada aquí por la presencia de la madre, como en otro mundo, cerrado además en la lectura del Petit Journal. Nuestra vista choca contra su perfil vulgar y continúa a través de una postura en absoluto delicada. Ella también está cansada de faenar todo el día y no parece importarle demasiado si algo artístico está sucediendo en la sala. Si seguimos por la diagonal que esta figura inicia, dos bailarinas, absortas también, esperan su turno y tapan la silueta negra del profesor, Jules Perrot. Esta mancha negra es tan sólo una mirada que nos envía al otro extremo después de cruzar el inmenso suelo vacío que divide en dos mitades lo que está ocurriendo en la sala. Como suele ocurrir en Degas el suelo unifica a los personajes al mismo tiempo que los separa. Este vacío y amplio plano horizontal está interrumpido en el extremo superior izquierdo por tres pies y una punta. Sólo si levantamos la mirada suponemos otro espacio, confuso esta vez por la presencia de un espejo que nos relanza al exterior, al otro lado del cuadro, por donde hemos entrado en él, donde seguramente, tras nosotros, estén los ventanales que dejen ver Paris. Un barroco juego de equívocos difícilmente re- construible. Si por la derecha juega con sus habituales cortes fragmentarios, como sesgando con fuerza el lugar, en el otro extremo lo expande de manera confusa. Esta vez se ha superado si de jugar con los límites del cuadro se trataba.

La bailarina es sólo un pretexto para el cuadro, decía siempre Degas. En este caso cada una de sus actitudes parece jugar con la fugacidad, la posibilidad de que las cosas, pasado el instante en el que ocurren, dejen de ser exactamente como son. Sólo la madre, que se ha dejado literalmente caer en la silla, da a la fugacidad la contrarréplica necesaria. Arrepentimientos, variantes en la composición, cambios de figuras… en fin, todo el modo de hacer habitual en Degas.

Degas en el Museo Metropolitano de NY.

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Degas en Orsay, París.

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Degas en otros Museos y en Colecciones Particulares.

 

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Para terminar, un pequeño homenaje a la Ópera, que acompañó al artista en su mirada.

El Ballet en la mirada de Degas:
Pas de quatre, Acto II del Ballet “El lago de los cisnes”.
Música de P. I. Tchaikovsky
Yevgenia Obraztsova

¿cual sería la mirada de Degas a la danza actual?
Dos ejemplos:

ORIGINAL – Polina Semionova (HD – Ballet – H. Grönemeyer – instrumental)

Passage : Roberto Bolle e Polina Semionova