La gran bañista/La bañista de Valpinçon: Dominique Ingres

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Detalle (1)

La obra de Ingres, anclada en el academicismo sólo aparentemente, constituye sin duda un jalón esencial hacia las revoluciones artísticas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Descendiente de Rafael y de Poussin, su obra es a la vez anunciadora de Picasso y de las distorsiones anatómicas; inspirando la renovación de las escuelas europeas del siglo XIX, especialmente de la española.

Ingres no es, en sentido estricto, neoclásico ni académico, sino un ferviente defensor del dibujo. Resulta a la vez clásico, romántico y realista. Ingres constituye un claro exponente del romanticismo en cuanto a los temas, el trazo abstracto y las tintas planas de intenso colorido. Algunas de sus obras se enmarcan en el llamado «Estilo trovador», inspirándose en el ideal estético griego y gótico, además de en las miniaturas de los libros de horas de Fouquet. Igualmente, es ejemplo de orientalismo, pues muchos de sus cuadros, especialmente desnudos femeninos, están dominados por un sentido irreal del exotismo propio del siglo XVIII.

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Detalle (2)

“La bañista de Valpinçon fue pintada en Roma en 1808, cuando triunfaba la poética canoviana de la “belleza ideal” a la que Ingres no era en absoluto insensible. Para Canova labelleza ideal estaba en la figura o, más exactamente, en la sublimación de la figura hasta su identificación con la idea transcendental de lo bello; el medio apropiado de esta búsqueda era, pues, la escultura, que aislaba a la figura de la contingencia de las condiciones ambientales. Ingres consideraba más apropiada la pintura que, naturalmente, representa a la figura junto con el espacio en que se encuentra. Para él, pues, lo bello o la forma no está en la cosa en sí, sino en la relación entre las cosas. Este conjunto de relaciones estará claro cuando todos los componentes de la forma (línea, claroscuro, color, luz) constituyan un todo unitario, una síntesis.” (Argan, G.C., ob., cit. pág. 49-50)

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La bañista de Valpinçon o La gran bañista, Jean-Auguste-Dominique Ingres, 1808. Óleo sobre lienzo, 146 cm × 97,5 cm. Museo del Louvre, París.

La representación de desnudos femeninos es una de las constantes en la obra de Ingres. Desde sus inicios, siempre quiso convertir las líneas y las formas sencillas en el medio adecuado para expresar la belleza ideal y la fuerza. Mediante el contorno realza el cuerpo y los objetos de manera clara y precisa, y los modela haciendo un uso magistral de la luz, a través siempre de un delicado juego de luces.

La composición está dominada por la figura de la mujer desnuda, siendo mínima la escenificación: una cama cubierta por una sábana blanca y un cortinón verde oscuro a la izquierda.

El torso femenino está realizado con un gran refinamiento de contornos y de colores. La mujer está iluminada por los reflejos difusos de la toalla y del turbante que limita con líneas arabescas. La luz se concentra en la espalda de la mujer.

El atractivo radica sobre todo en la monumentalidad de la figura individual. Presenta el ideal de belleza femenina de Ingres, a pesar de apreciarse algunas incorrecciones anatómicas, como la planta del pie hinchada, la excesiva delgadez de las piernas y la ausencia de caderas.

En cuanto al cromatismo, predominan los tonos cálidos de la piel de la mujer, que contrastan con el blanco puro de la sábana y el verde oscuro de la cortina.

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